Una de las ideas más persistentes —y políticamente más útiles— del relato oficial cubano es la noción de que Estados Unidos es el enemigo natural, histórico e inevitable de Cuba. Esa idea, convertida en dogma por el poder revolucionario desde 1959, no solo ha deformado la comprensión del pasado, sino que ha servido para justificar seis décadas de autoritarismo, empobrecimiento y ausencia de libertades.
Sin embargo, la historia desmiente esa mitología.
Una relación más compleja que el odio
Cuba y Estados Unidos no nacieron como adversarios. Todo lo contrario. Los cubanos, bajo bandera española, contribuyeron activamente a la independencia de las Trece Colonias. Más tarde, Estados Unidos desempeñó un papel decisivo en la derrota del imperio español en la isla, poniendo fin a cuatro siglos de dominación colonial.
Durante el siglo XIX, y aún después, las conexiones humanas, culturales y económicas entre ambos pueblos fueron profundas y constantes. Cubanos viajaban a Estados Unidos para estudiar, comerciar, invertir y organizarse políticamente. De allí llegaron influencias que hoy se consideran parte inseparable de la identidad nacional cubana: el béisbol, el jazz, una ética republicana moderna.
José Martí —padre del proyecto nacional cubano— vivió, escribió y organizó la Guerra del 95 desde Estados Unidos, y aunque fue crítico de ciertos rasgos del expansionismo norteamericano, admiró la república estadounidense y su sistema de libertades, muy lejos del antiamericanismo visceral que luego se impondría en Cuba.
Una república imperfecta, pero en evolución
Es cierto que antes de 1959 existían problemas graves en la relación bilateral: dependencia económica, asimetrías comerciales, presencia dominante de empresas estadounidenses en sectores clave, corrupción y una mafia que operaba con impunidad durante el batistato.
Pero también es cierto que Cuba avanzaba gradualmente en soberanía. Desde 1902 hasta 1952:
- Se logró abolir la Enmienda Platt en 1934.
- Se consolidó el control cubano sobre la Isla de Pinos.
- Se aprobó la Constitución de 1940, una de las más avanzadas de su tiempo.
- Los gobiernos de la década de 1940 mostraron márgenes crecientes de autonomía política.
Nada de esto ocurrió mediante una confrontación suicida con Estados Unidos, sino mediante negociación, institucionalidad y maduración republicana.
La revolución que no prometió el conflicto
La lucha contra Batista —según las propias promesas de Fidel Castro— no se hizo para enemistarse con Estados Unidos, sino para restaurar la Constitución de 1940 y la legalidad republicana que el golpe de Estado de 1952 había destruido.
El problema no fue el triunfo revolucionario en sí, sino las decisiones políticas tomadas a partir de 1959.
Fidel Castro tuvo la oportunidad histórica de resolver los conflictos pendientes con Estados Unidos sin propiciar la ruptura de relaciones, sin provocar una confrontación mayor y sin hipotecar el futuro del país. Eligió lo contrario.
La confrontación como estrategia de poder
Desde 1959, el nuevo gobierno:
- Adoptó una retórica agresiva y desafiante hacia Washington.
- Colocó a figuras abiertamente comunistas —como Raúl Castro y Ernesto Che Guevara— en posiciones clave, en pleno clímax de la Guerra Fría.
- Impulsó luego nacionalizaciones masivas sin negociación ni compensación adecuada, rompiendo deliberadamente puentes diplomáticos que otros países, como México bajo Lázaro Cárdenas, supieron manejar sin aislamiento ni bloqueo.
Era previsible que Estados Unidos reaccionara con hostilidad. No por odio a Cuba, sino por el antiamericanismo percibido ante a la hostilidad retórica de los principales líderes del proceso cubano, así como por cálculo geopolítico, ante la posibilidad real de una cabeza de playa soviética en el Caribe.
Pero lo más grave es que esa confrontación le resultó funcional a Fidel Castro. El “enemigo externo” permitió:
- Concentrar todo el poder.
- Cancelar el pluralismo político.
- Justificar la represión interna.
- Convertir el fracaso económico en culpa ajena.
- Perpetuar una casta gobernante sin rendición de cuentas.
El precio lo paga el pueblo cubano
El embargo/bloqueo, o cómo se prefiera llamar a la política estadounidense hacia Cuba, ha tenido costos reales y dolorosos para la población. Pero la confrontación no era inevitable. Fue una elección política. Y ha sido mucho más costosa para los cubanos que cualquier negociación imperfecta.
Estados Unidos no es el enemigo de Cuba.
El verdadero enemigo ha sido un poder que necesitó fabricar un antagonista externo para sobrevivir internamente.
Reconocerlo no implica idealizar a Washington ni negar errores históricos. Implica, simplemente, devolverles a los cubanos la verdad: que el enfrentamiento perpetuo no fue destino, sino decisión.
Y las decisiones también pueden —y deben— revisarse.