Detenciones arbitrarias; fabricación de supuestos delitos comunes; cientos de presos políticos; amenazas, intimidación y chantajes por parte de órganos parapoliciales de Seguridad del Estado; «regulaciones» a académicos que les impiden salir del país; gente buena presa solo por expresarse en redes; despidos de profesores universitarios con pensamiento propio; miedo a viajar a la patria y que te impidan entrar… o algo peor…
Son ejemplos de historias que abundan en Cuba, hoy bien conocidas y documentadas.
Durante décadas, el término terrorismo ha sido monopolizado por los Estados para señalar a actores no estatales. Sin embargo, la historia y la ciencia política coinciden en algo incómodo: los Estados también pueden ejercer terrorismo, y con una capacidad infinitamente mayor.
En el caso cubano, los hechos permiten sostener —con argumentos y evidencias— que el Estado funciona hoy como un aparato de terrorismo institucionalizado.
¿Qué es el terrorismo de Estado?
El terrorismo de Estado se define como el uso sistemático del miedo, la violencia y la coerción por parte del poder estatal contra su propia población, con el objetivo de controlar políticamente, neutralizar la disidencia y preservar el poder.
No se trata de excesos aislados, sino de una política estructural, ejecutada desde instituciones oficiales o paraestatales.
Este concepto no es propaganda: ha sido ampliamente utilizado para describir a regímenes como las dictaduras del Cono Sur, la Alemania nazi o la URSS estalinista.
Cuba: un patrón sistemático, no episodios aislados
En Cuba, la represión no es circunstancial ni reactiva. Es preventiva, organizada y permanente. Diversas organizaciones internacionales de derechos humanos han documentado prácticas que encajan plenamente con los criterios académicos del terrorismo de Estado:
1. Criminalización de la disidencia
El Estado cubano utiliza figuras penales ambiguas como desacato, sedición, propagación de noticias falsas o mercenarismo para castigar el ejercicio de derechos fundamentales. No se persiguen delitos reales, sino opiniones, protestas pacíficas y expresiones críticas.
Tras las protestas del 11 de julio de 2021, cientos de ciudadanos fueron condenados a largas penas de prisión por manifestarse sin armas. El mensaje fue claro: quien proteste, pagará un precio ejemplarizante.
2. Detenciones arbitrarias y violencia institucional
Las detenciones sin orden judicial, los interrogatorios prolongados, las amenazas a familiares y el uso de la prisión como castigo político son prácticas habituales. La violencia no siempre es física; muchas veces es psicológica, económica y social, pero igualmente efectiva para generar terror.
La Seguridad del Estado opera sin control judicial real, y los tribunales funcionan como correas de transmisión del poder político, no como garantes de justicia.
3. Uso de fuerzas paramilitares para intimidar
Las llamadas brigadas de respuesta rápida —civiles organizados y dirigidos por el Estado— cumplen una función clásica del terrorismo estatal: agredir y amedrentar sin asumir responsabilidad directa, creando un clima de miedo y autocensura en barrios y centros laborales.
4. Castigo colectivo y control social
El terrorismo de Estado no se limita al individuo. En Cuba, las familias de opositores también son castigadas: despidos laborales, expulsiones universitarias, amenazas, vigilancia constante. El objetivo es aislar socialmente al disidente y advertir al resto de la población.
El miedo como método de gobierno
En un Estado democrático, el poder se legitima mediante el consenso. En Cuba, se mantiene mediante el miedo. Miedo a hablar, a reunirse, a protestar, a publicar en redes sociales. Miedo a perder la libertad, el trabajo o el futuro de los hijos.
Ese miedo no es accidental: es producido deliberadamente.
¿Por qué muchos organismos no usan el término “terrorismo de Estado”?
Porque no existe una tipificación jurídica universal, no porque falten evidencias. Por eso, organismos como Amnistía Internacional o Human Rights Watch suelen hablar de represión sistemática o violaciones graves de derechos humanos. Sin embargo, los hechos que describen coinciden punto por punto con la definición académica de terrorismo de Estado.
Conclusión
Cuando un Estado:
Reprime sistemáticamente a su población,
Utiliza el aparato legal como arma política,
Genera miedo para impedir la participación ciudadana,
Y castiga el pensamiento crítico,
no estamos ante simples “errores” o “excesos”. Estamos ante un modelo de poder basado en el terror.
Desde este análisis, el Estado cubano puede ser calificado legítimamente como un Estado terrorista, no por consigna ideológica, sino por la naturaleza de sus prácticas y sus efectos sobre la sociedad.
No es solo que Cuba llevó la muerte y el terror a diversos países, como recientemente Link Cubano expuso en otro texto , u otras acciones o vínculos terroristas del pasado, sino que HOY el Estado cubano practica el terrorismo de Estado en forma de terror psicológico contra su propia población
Nombrar las cosas por su nombre no es extremismo: es el primer paso para desmontar la impunidad.