
Las redes sociales transforman radicalmente la forma en que el activismo se organiza y se manifiesta, convirtiéndose en la nueva plaza pública global.
Plataformas como Twitter, Facebook e Instagram “democratizan” la voz, permitiendo que movimientos sociales de diversa índole, desde la Primavera Árabe, pasando por el #MeToo hasta Black Lives Matter, se organicen, difundan mensajes y movilicen a la gente a una velocidad sin precedentes.
Antes, los activistas dependían de medios tradicionales que controlan la narrativa y el acceso al público. Hoy, alguien con teléfono y conexión a internet puede convertirse en una poderosa voz, compartiendo información, convocando a protestas y creando una comunidad de apoyo en cuestión de minutos.
Esta capacidad de viralizar mensajes es una de las mayores ventajas, ya que permite que causas locales se conviertan en temas de conversación globales, atrayendo la atención de los medios, los gobiernos y la sociedad civil.
Sin embargo, democratizar no significa carecer de desafíos. La misma viralidad que amplifica las causas puede generar el «activismo de sillón» o «slacktivism», donde las personas se sienten satisfechas con dar «me gusta» o compartir una publicación sin tomar acciones concretas en el mundo real. El apoyo digital es valioso, pero no reemplaza participar en marchas, el voluntariado o el contacto directo con representantes políticos.
La desinformación también es un riesgo latente. Las narrativas pueden ser distorsionadas, las fake news pueden propagarse rápidamente y ataques coordinados pueden desviar la atención de los temas centrales. A pesar de esto, el poder de las redes sociales para conectar a personas con experiencias similares y generar sentido de comunidad es innegable.
Para muchos latinos en EE. UU. o fuera de sus países de origen, estas plataformas son vitales para compartir historias, denunciar injusticias y encontrar apoyo mutuo, creando una red de solidaridad que trasciende fronteras geográficas.
Las redes como instrumento para el activismo democrático
José Raúl Gallego; ex profesor de Periodismo de la Universidad de Camagüey, Cuba; fue perseguido y llevado a renunciar a su cátedra por opiniones en pro de la democratización de la comunicación y el derecho a disentir social y políticamente en su país.
Mantiene una activa postura de denuncia y difusión de la realidad en la Isla desde el exilio y accedió a una charla por la misma vía en que acciona por un cambio y contra las arbitrariedades actuales en su Patria.
“Las redes son un instrumento, un canal que en sí mismo, por su diseño, su configuración, tiene potencialidades que tienen que ver con la horizontalidad, con la creación de redes de comunicación, pero son eso: un instrumento y un canal. Lo que se haga o pase en las redes, depende mucho de quién las use y cómo se usen.
La democracia es una forma de gobierno no espontánea que necesita de valores cívicos, de ciudadanos; no se hace democracia con súbditos; y se necesita crear esos valores ciudadanos para los ciudadanos que necesita una democracia.
Hay que usar las redes para crear proyectos colectivos, de resistencia, visibilizar ante el mundo las violaciones de derechos por parte del gobierno, utilizar sus potencialidades para articularse y como espacio para articular iniciativas, hacer proyectos y discutirlos, hacerlos públicos y que las personas los puedan debatir”.

De la pantalla a la calle: el activismo híbrido
El activismo moderno evoluciona hacia un modelo híbrido, donde lo digital y lo físico se entrelazan de manera estratégica. Las redes sociales son un espacio para difundir ideas, pero también actúan como herramienta de coordinación logística.
A través de ellas, se anuncian fechas y ubicaciones de las marchas, se crean grupos para organizar el transporte y se comparten consejos de seguridad para los asistentes. Un hashtag puede ser el grito de guerra digital que une a miles de personas en las calles.
Esta dualidad permite que el activismo sea más ágil y resiliente, pues los movimientos pueden adaptarse rápidamente a las circunstancias, superando barreras geográficas y de tiempo. Cuando las protestas físicas son reprimidas, el activismo puede continuar en el espacio digital, manteniendo viva la conversación y la presión sobre las autoridades.
“Sin bien internet es una herramienta importante, una parte grande del trabajo tiene que ser el mundo off line, fuera de las redes, trabajando directamente con la gente porque sobre todo, los más necesitados, los que más debieran beneficiarse en un cambio democrático; no solo de corte económico; a veces no saben ni lo que es un teléfono inteligente”, comenta Gallego.
“Las redes son un instrumento super importante. En el caso de un país como Cuba, donde los medios de comunicación tradicionales los controla el Estado, las redes; más difíciles de regular; han quedado como ese nicho a través del cual las personas hacen circular la información que nunca circularía por los medios oficiales”.
El camino y los riesgos de la plaza pública digital
“Muchas de las protestas coordinadas, acciones, manifiestos, cartas, se han coordinado a través de las redes. Se sabe que reunirse un grupo de personas en un espacio físico es complicado, mientras que a través de las redes, y desde sus teléfonos, pueden coordinar acciones como sucedió el 11 de julio de 2021, cuando en toda Cuba hubo protestas contra el gobierno”, enfatiza Gallego.
No obstante, esta dependencia de las plataformas digitales es vulnerable por la censura y la moderación. Las empresas tecnológicas tienen sus propias políticas y pueden decidir qué contenido es aceptable, lo que puede llevar a suprimir voces disidentes, impedir el acceso a Internet, o la eliminación de publicaciones que documentan abusos.
Esto crea un dilema para los activistas, que deben navegar entre las reglas de estas corporaciones y su necesidad de difundir su mensaje. Además, la fatiga de las redes sociales es un fenómeno real, donde la constante exposición a noticias negativas y a la polarización puede generar agotamiento y apatía en el público.
El reto para el activismo moderno es encontrar el equilibrio: usar las redes sociales para potenciar su mensaje y su alcance, sin depender exclusivamente de ellas y sin perder la conexión humana y el impacto tangible que solo la acción colectiva en el mundo real puede lograr. Es la combinación de estas dos esferas lo que define la fuerza del activismo en la era digital.
¡Excelente artículo y muy pertinente en la actualidad!