Colaboración para Link Cubano de Yoel Arias Hernández
Si, en un momento anterior, declaré que no era un “martiano”, que reconozca ahora que no soy un “garciamarquiano” no debe representar un escándalo para nadie. Recapitulando: quien pueda considerarse “un martiano” sabrá que estará siempre en el ojo público y será permanentemente cuestionado, consultado sobre su conocimiento de la obra del Apóstol. Yo no podría pasar esa prueba. Pienso que muchos de los que se atreven a considerarse así tampoco lo son; al menos yo soy sincero.
Con García Márquez me pasa lo mismo, salvando las distancias. La obra del Premio Nobel de Literatura es extensa y objeto de estudio; no podría decir que la domino.
“Crónica de ‘x’ o ‘y’ anunciadas”
Además de “Dos, tres, muchos x’s y y’s”, lo de la crónica anunciada está entre mis abusos literarios más utilizados. Detrás, compartiendo plata y bronce, estarían “¿Qué hacer?” y “No os asombréis de nada”, lo que de ninguna manera permitiría que me declararan ni guevariano, ni leninista, ni como se les diga a los estudiosos de “El Indio Naborí”, y todo por la misma razón: conozco de todos ellos justo lo necesario.
Voy a reconocer públicamente que conocí del argumento y la trascendencia del clásico del Gabo, Crónica de una muerte anunciada, gracias a una publicación de Yosvany García, cubano radicado fuera de Cuba, alguien con un conocimiento de lo que emigrar puede significar, ya sea por las causas o por las consecuencias. Lo juro: nunca he leído Crónica de una… o El otoño del patriarca. No me avergüenza; con no haber leído más a Martí tengo vergüenza suficiente.
No soy fan de los que hacen spoilers de pelis y obras literarias, pero agradezco cuando alguno me descubre un secreto oculto del director o escritor en alguna obra puntual. Soy de los que sufren haber visto el producto fílmico antes de disfrutar la obra original: El Señor de los Anillos, Juego de Tronos y La Fundación son dolorosos ejemplos. De Tolkien me había leído El Hobbit y, al ver la primera película de El Señor de los Anillos, me leí la trilogía de un bocado. Luego de la serie La Fundación, me leí en orden toda la obra de Asimov sobre robots y espacio —en algunos casos fue relectura—. Ya Juego de Tronos es tarea pendiente, pero no me apura; primero me leería los 23 libros de Dune.
En tiempos de herramientas digitales tengo que hacer otro disclaimer: digo leer cuando, en realidad, me los leen aplicaciones como TextAloud y tal.
¡Salven a Santiago Nasar!
Tengo en mi familia una anécdota similar al argumento de Crónica de una…, pero no fue hasta que vi el podcast de Yosvany García sobre esta obra en particular que caí en cuenta de la profundidad de ambas tramas. No quiero elevar tanto la anécdota familiar, pero su similitud, dentro de la simplificación, es enorme. Ahí se las resumo:
Corren los inicios de la década del 80 en La Habana. Ya el dengue se ha cobrado varias vidas, incluidas muchas pediátricas. La fumigación masiva con aquella neblina blanca y densa, esparcida por vehículos en todas las poblaciones citadinas, era casi cotidiana. Aun así, la dinámica doméstica cubana nunca ha sido muy diferente en su complejidad. Desde el grito de “ahí viene la fumigación” hasta que la familia se pone a salvo, pueden interrumpirse varias actividades y coger al más pinto despistado y sin atinar qué hacer.
Este fue el escenario familiar de un núcleo de cinco habaneros. Solo hubo una orden que se trasladó de boca en boca por la importancia que conllevaba cumplirla. No fue “cierren el gas”; no fue “cojan las llaves de la casa”. ¡No! “Salven el sinsonte” se repitió cinco veces, entre el apuro y la densa y blanca niebla sanitaria que ya cubría la vivienda familiar.
La cuenta es simple: si cinco voces repitieron la encomienda, de un total de cinco miembros de la familia, pues el final no pudo ser otro. Al regresar, transcurrido el tiempo reglamentario para que la fumigación masiva funcionara, fue natural encontrar la jaula que colgaba del almendro con el sinsonte ya fallecido en su interior. Al menos en mi casa, cada vez que una indicación a viva voz —por ejemplo, “pongan el motor”— se pasa de dos voces, el emisor inicial, evidentemente imposibilitado de ejecutarla por sí mismo, grita desconsolado: “¡SALVEN EL SINSONTE!” Algún “coño” o “cojones” al final lo acompañaría.
Diluir la responsabilidad nunca salió tan caro.
La obra del Gabo nos traslada a un pueblito colombiano, intrincado él. Allí se conoce, por un mensaje —una nota— previo, que un homicidio va a tener lugar. Una afrenta a la moral, supuestamente cometida por el protagonista, va a ser cobrada por los hermanos de la “agraviada”. La muerte de Santiago Nasar ha sido anunciada y es de dominio público.
Ya sabemos: “pueblo chiquito”. No quedó cristiano, dentro de aquella demarcación, que desconociera las intenciones de los gemelos Vicario. A pesar de algunas dilaciones y oficios que se creyeron oportunos, el crimen fue cometido ante los ojos de todo el pueblo. Una trama sui generis que se inicia con el anuncio de que tal muerte se llega a cometer y, de ahí en adelante, solo se cuenta cómo llegó a suceder el crimen.
Quien quiera un mejor ejemplo de responsabilidad diluida, ahí tiene el clásico de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, para analizar actuaciones individuales y masivas de connotaciones nacionales.
Un sinsonte, Santiago Nasar o una isla del Caribe
Cuando no se hace lo que ya se sabe que se debe —que se tiene que— hacer, las consecuencias casi nunca son positivas. Cuando la jugada está cantada, como en la obra del Gabo, hay que hacer todo lo posible por evitar que suceda. Sé que es muy fácil aleccionar sobre un hecho “en frío”; fuera del agua nadie se ahoga. Comparar procesos político-sociales a la distancia de varias décadas solo es propicio para redactar tomos de historia. La dura estaría en intentar detener la maquinaria en el momento justo en que comienza a funcionar.
Eso no sucedió apropiadamente en nuestro caso. Demasiada propaganda populista desmovilizó a las “fuerzas vivas”, a “la sociedad civil” de finales de la década de los 50. Las capas sociales que detectaron los primeros rasgos autoritarios estaban demasiado “identificadas” en la propaganda como “contrarrevolucionarias” y no pudieron convocar al resto de la sociedad, que danzaba ya bajo el ritmo de medidas populistas pensadas con esa intención.
Hubo “nichos intelectuales” donde el mensaje manipulador llegó y se identificó como tal, pero allí no movilizó a nadie. Se dejaron llevar por la marea mientras contemplaban los estragos que se dejaban ver entre el resto de la sociedad que venía de lo que quedaba de República.
Una vez que el mecanismo de dominación social echó anclas, lograr removerlo conllevó el doble de energía. La masa estaba involucrada en cada tarea que venía de arriba y los intelectuales no veían nada que pudieran hacer. La sociedad desarmada, de armamento propiamente y de herramientas democráticas eficaces, se quedó inmóvil, expectante: alguien más haría por ella. Así hasta hoy día.
No hay Cuco que valga
La gran pregunta de cómo hemos llegado hasta aquí considero que he intentado responderla. La gigantesca policrisis en la que estamos hundidos es resultado de décadas de depositar nuestra voluntad en un ente al que no le interesa cómo pensamos, al menos solo un sector, menor del 10%.
Estamos en una encrucijada: seguir soportando un gobierno al que no le importamos —más allá de lo que pueda sugerir su propaganda— sin hacer nada por nosotros mismos, asumiendo el riesgo de una represión sangrienta, o seguir esperando por la acción de un gobierno extranjero que se ha mostrado propicio al cambio de gobierno y a la apertura democrática, pero que no ha dejado claro cuándo lo hará posible.
Los indicadores de sobrevivencia siguen decreciendo, los precios siguen subiendo y los alimentos escaseando. Los períodos sin electricidad han superado a los minutos de servicio, en proporción tal que garantizar la conservación de alimentos de UN DÍA PARA EL OTRO es una jugada arriesgada. El descanso necesario para enfrentar la siguiente jornada no es suficiente. La funcionalidad de la sociedad no existe sin electricidad.
Además de la draconiana bancarización, impuesta en el peor momento, la inexistencia de electricidad y conectividad para que las gestiones con la base de datos financieras funcionen hacen insostenible el comercio minorista. Aun así, las amenazas de sanciones para quienes no acepten el pago por transferencia se mantienen, a pesar de ser injustas.
Quedará para futuras generaciones una enseñanza que no deberá olvidarse: el derecho a expresar desacuerdo no podrá volver a ser prohibido. La voluntad de la mayoría no podrá otra vez ser ignorada. Esos errores nos trajeron hasta este punto: una sociedad bajo tutela de un partido único, totalitario, tiránico. Un pueblo sin derechos básicos respetados e incapaz de definir su futuro no deberá repetirse nunca más.
Resulta que saber que algo sucederá no significa que debamos dormirnos en los laureles. Es, precisamente, la motivación para impedir que suceda. Da lo mismo un sinsonte o una república: si sabemos que Santiago Nasar puede morir, tenemos que evitarlo y no delegar en el otro para que lo impida. En eso nos va la vida.