Un “revolucionario” respondería que se trata de una Revolución sólida en sus cimientos y destinada a durar “62 mil milenios”. Sin embargo, la realidad es muy distinta. La situación económica, social y hasta política en Cuba es deplorable. El deterioro de múltiples indicadores a lo largo de años lo demuestra. ¿Cómo es posible, entonces, que el sistema se mantenga en pie?
Es un tema complejo y no pretendo agotarlo en unas pocas líneas. Me limitaré a examinar algunos factores. Si algo ha demostrado la casta del Partido Comunista de Cuba (PCC) es su capacidad para sostenerse en el poder a toda costa, pese a sus crímenes políticos y su evidente incompetencia. Para ello, la tríada Partido–Estado–gobierno, fundada por Fidel Castro, se ha apoyado en varios pilares.
Represión y chivo expiatorio
El primer pilar es la represión y la exclusión. Con el control absoluto de la prensa “oficial”, el sistema educativo y los órganos de la seguridad del Estado, la maquinaria ha funcionado para censurar, inducir a la autocensura, amedrentar y encarcelar. En ausencia de división de poderes, la policía, la fiscalía y los tribunales actúan bajo una lógica política, no jurídica.
Otro pilar ha sido el populismo permanente, que convirtió a Estados Unidos en el enemigo eterno. Fidel Castro logró instalar en el imaginario de muchos la idea de que Cuba libra una “batalla épica contra el imperialismo yanqui”. Según ese mito, el poder del PCC es el único garante de la soberanía nacional frente a un conflicto inevitable con Washington.
En realidad, tras la derrota de Batista existían otros caminos. Documentos históricos muestran que, en 1959, Estados Unidos ofreció diálogo, reconoció la necesidad de transformaciones y se mostró dispuesto a negociar. Fueron los líderes de la revolución quienes sabotearon esas oportunidades una y otra vez.
La casta fidelista —luego institucionalizada como casta militar-partidista— propició la hostilidad con Estados Unidos porque necesitaba un chivo expiatorio. Ese conflicto les permitió justificar fracasos internos, concentrar el poder y eliminar cualquier disidencia. Con el tiempo, alegaron que su control absoluto era la única vía para garantizar la soberanía y construir una sociedad supuestamente “superior”. Sin embargo, esa sociedad nunca fue ni socialista, ni próspera, ni equitativa de manera sostenible.
La falsa construcción socialista
Otro mito cuidadosamente trabajado es el del “sacrificio presente por un futuro socialista”. Incluso voces académicas en la propia isla han reconocido que se copió el fallido modelo soviético, mantenido en esencia hasta hoy.
El sistema cubano no es socialismo verdadero, sino capitalismo de Estado. Así lo insinúan hasta medios oficiales. Para Marx, e incluso para Lenin, el socialismo debía basarse en cooperativas libres y democráticas, articuladas en federaciones.
Hoy diríamos que la Economía Social Solidaria, con el cooperativismo como buque insignia, debería ser el centro de un verdadero socialismo. El modelo cubano, en cambio, concentró el poder en el Estado, sin verdadera democracia política ni económica.
Durante un tiempo, el esquema estatista logró ciertos niveles de equidad, pero no era sostenible. El poder se concentró en una élite burocrática-militar, no en los trabajadores. Hoy, el régimen promueve empresas privadas, pero restringe su autonomía y poder de desenvolvimiento. Paradójicamente, mientras abre espacio a la quintaesencia del capitalismo, mantiene un aparato estatal ineficaz y profundamente centralizado.
Cooptación y manipulación de la historia
Otro pilar clave ha sido la cooptación. El régimen infiltra ciertos espacios de prensa independiente y academia para permitir críticas limitadas. Sabe que, llegado cierto punto, esas voces se autocensurarán.
También ha manipulado la historia. Con el control de medios y educación, impuso narrativas sesgadas sobre el pasado nacional. Un ejemplo es la comparación entre el Partido Revolucionario Cubano (PRC) fundado por Martí y el PCC actual. El PRC buscaba organizar la guerra de independencia contra España. Martí jamás dijo que la república debía excluir a parte de los cubanos ni que debía ser dirigida eternamente por un solo partido, y mucho menos por uno “comunista”.
El régimen, en cambio, llama “traidores” o “vendepatrias” a quienes no comulgan con sus dogmas, sobre todo si emigran a Estados Unidos. Muchos cubanos encontraron refugio en el país norteño ante el secuestro de la isla por parte de la casta fidelista. Eso no los hace necesariamente anexionistas.
Aun si lo fueran, Martí, aunque condenó el anexionismo, jamás insultó a los cubanos que lo defendían. Los llamó simplemente “cubanos”, reconociendo que actuaban “de buena fe”. El Apóstol apuntó que la anexión era “irrealizable e innecesaria” y estaba condenada a la “impotencia permanente”. Cuba y Estados Unidos son pueblos de “carácter y hábitos diversos” y los del norte tienen sobre la isla miras de “factoría y pontón estratégico”.
Añadió que el “fantasma” del anexionismo, aunque grave y persistente, no desaparecería del imaginario por “la fuerza de nuestros desdenes”, sino porque “se demuestre su ineficacia”. La república debería ser lo suficientemente justa, próspera y digna como para neutralizar esas tentaciones, pero sería para todos, sin exclusión alguna por motivos políticos como la que ha practicado sistemáticamente la casta militar-partidista.
El magnetismo de Fidel Castro, convertido en “tiranía de muchedumbres”, fue esencial para sostener estos mitos. Aunque el caudillo murió y el contexto cambió, cierta parte de la población aún le otorga legitimidad simbólica al sistema.
¿Qué puede esperarse?
¿Cuánto tiempo más podrán sostenerse estos pilares? Nadie lo sabe con certeza. Algunos análisis señalan posibles escenarios: un cambio gradual al estilo Vietnam, un estallido social con fracturas internas en el PCC o el ejército, o una lenta implosión.
La conclusión más plausible es que, sin un evento disruptivo, el sistema podría prolongarse entre cinco y diez años más, aunque con creciente inestabilidad. No porque sea sostenible, sino porque su aparato de control aún funciona.
Como resultado de los mitos antes señalados, es perceptible el temor al cambio en una parte de los cubanos. ¿Qué alternativa mejor habría? ¿Podrá mantenerse la soberanía ante Estados Unidos? ¿No será mejor malo conocido que bueno por conocer? Son preguntas que se hacen.
Tantos años en dictadura, desde 1952, han borrado del diccionario de demasiados cubanos palabras y conceptos fundamentales para cualquier nación, como democracia ciudadana, derechos políticos, libertades individuales (académica, de prensa, de expresión, de asociación, de manifestación), diálogo nacional, consensos.
Y, claro, saldrán con un mito más: “no hay democracia en ningún lugar”, “la democracia ‘socialista’ es superior”. Y sí, la democracia liberal es perfectible, pero no es mejor un sistema dominado por una sola voz y un solo mando: los de una casta burocrática y militar-partidista, algunos de ellos nonagenarios, que ha secuestrado al país de todos los cubanos durante más de seis décadas.