Por un análisis histórico de la Crisis de los Misiles de Cuba
En la noche del 26 de octubre de 1962, mientras el mundo contenía la respiración ante la posibilidad de una guerra nuclear, Fidel Castro redactaba en la embajada soviética en La Habana una carta que revelaría la naturaleza más sombría de su liderazgo: su disposición a sacrificar a todo el pueblo cubano en un holocausto termonuclear con tal de no aceptar una derrota. Lo que Castro escribió aquella noche no fue un acto de valentía revolucionaria, sino la manifestación de un delirio megalómano que, de haberse consumado, habría significado la aniquilación de millones de seres humanos.
La carta del Apocalipsis
Castro escribió a Nikita Jruschov con una propuesta que helaba la sangre. Convencido de que una invasión estadounidense era inminente, el líder cubano no pidió ayuda para defender a su pueblo, sino que instó al líder soviético a desencadenar el Armagedón nuclear. En sus propias palabras: «Si tiene lugar la segunda variante y los imperialistas invaden a Cuba con el fin de ocuparla, el peligro que tal política agresiva entraña para la humanidad es tan grande que después de ese hecho la Unión Soviética no debe permitir jamás las circunstancias en las cuales los imperialistas pudieran descargar contra ella el primer golpe nuclear».
La retórica de Castro intentaba disfrazar su propuesta con lenguaje defensivo, pero el mensaje era claro: había llegado «el momento de eliminar para siempre semejante peligro, en acto de la más legítima defensa, por dura y terrible que fuese la solución, porque no habría otra». Castro no estaba pidiendo protección para Cuba; estaba pidiendo la destrucción del mundo.
La reacción de horror en Moscú
Cuando Jruschov recibió la carta, traducida al ruso, comprendió inmediatamente que estaba lidiando con lo que más tarde describiría como «un irresponsable megalómano que puede causar una catástrofe mundial». El líder soviético, quien a diferencia de Castro sí comprendía las consecuencias reales de una guerra termonuclear, respondió con palabras que mezclan la diplomacia con una reprimenda apenas velada.
«En su cable del 27 de octubre usted propuso que deberíamos ser los primeros en llevar a cabo un ataque nuclear contra el territorio enemigo», escribió Jruschov, dejando en claro que había entendido perfectamente la propuesta de Castro. Y añadió con firmeza: «Estimado camarada Fidel Castro, encuentro su propuesta equivocada, aunque comprendo sus razones».
Pero fue en su explicación donde Jruschov reveló la verdadera dimensión del peligro que Castro representaba para su propio pueblo: «Cuba se hubiera quemado en los fuegos de la guerra. Sin duda el pueblo cubano hubiera luchado valientemente pero, también sin duda, el pueblo cubano hubiera perecido heroicamente. Luchamos contra el imperialismo, no para morir, sino para usar todo nuestro potencial, perder lo menos posible y más tarde ganar más, vencer y hacer triunfar el comunismo».
La lección que Jruschov intentaba impartir era fundamental: Castro estaba dispuesto a condenar a su pueblo a la extinción en nombre de un principio abstracto. El líder soviético, en cambio, entendía que los muertos no hacen revoluciones.
El perfil psiquiátrico que lo predijo todo
Lo más inquietante de este episodio es que la CIA había anticipado exactamente esta reacción. Un año antes, en octubre de 1961, un equipo de psiquiatras de la agencia de inteligencia estadounidense había elaborado un perfil psicológico de Castro que resulta profético en su precisión.
El informe concluyó que Castro «probablemente destruiría a ambos, a sí mismo y al pueblo cubano, para preservar» su estatus en el poder. Los analistas identificaron en Castro «un miedo atroz a las desgracias que le pudieran suceder debido a su pasividad» y «una necesidad compulsiva de estar en la cima y no ceder jamás el control o la autoridad».
Más revelador aún, el perfil señalaba que Castro «tiene una personalidad inestable, vulnerable a la presión psicológica» y que «cualquier crítica lo desestabiliza y hace que pierda el contacto con la realidad». Estas observaciones explican por qué, ante la posibilidad de una derrota, Castro prefirió contemplar la aniquilación total antes que aceptar la humillación.
La doctora Hilda Molina, neurocirujana cubana que trabajó cerca de Castro y posteriormente se exilió, ofreció un diagnóstico aún más contundente: «Es un psicópata. Es incapaz de cualquier tipo de sentimientos. Diseña su estrategia con precisión maquiavélica». Molina llegó a estudiar Psicología específicamente para comprender mejor la mente del hombre que había gobernado su país durante décadas.
La cobardía disfrazada de heroísmo
Cuando las cartas entre Castro y Jruschov se hicieron públicas en 1990, casi treinta años después de los hechos, Castro intentó una defensa tan patética como reveladora. Alegó que todo había sido un problema de traducción, que Jruschov no había leído su carta «detenidamente» o que «tal vez la traducción» había sido errónea. En su respuesta del 31 de octubre de 1962, Castro escribió: «No ignoraba cuando las escribí que las palabras contenidas en mi carta podían ser mal interpretadas por usted y así ha ocurrido, tal vez porque no las leyó detenidamente, tal vez por la traducción, tal vez porque quise decir demasiado en pocas líneas».
Esta excusa es insostenible por varias razones. Primero, la carta fue redactada en la propia embajada soviética con la participación del embajador Aleksander Alekseev, quien dominaba el español. Segundo, el contenido de la carta era inequívoco: Castro pedía un ataque nuclear preventivo si Cuba era invadida. Tercero, y más importante, cuando Castro se enteró de que Jruschov había llegado a un acuerdo con Kennedy sin consultarle, su reacción fue de furia incontenible. Según testigos presentes, Castro llamó a Jruschov «hijo de puta» y «maricón», confirmando que su intención había sido precisamente la que el líder soviético entendió: llevar al mundo al borde de la destrucción antes que aceptar una derrota.
El peligro que Castro representó para Cuba y el mundo
La Crisis de los Misiles reveló una verdad fundamental sobre Fidel Castro que el pueblo cubano sufriría durante las siguientes cinco décadas: su líder valoraba más su propio ego y su visión ideológica que la vida de millones de personas. Castro no estaba dispuesto a morir por Cuba; estaba dispuesto a que Cuba muriera por él.
Jruschov, por su parte, demostró ser el adulto responsable en la sala. Comprendió que, como él mismo escribió, «nosotros, políticos y jefes de estado, somos los líderes del pueblo, y el pueblo no lo sabe todo. Es por eso que debemos marchar delante del pueblo». El líder soviético tomó la decisión impopular pero correcta: negoció, hizo concesiones, retiró los misiles y salvó al mundo de la destrucción nuclear.
Castro nunca perdonó este acto de sensatez. Para él, Jruschov había cometido el pecado imperdonable: elegir la supervivencia sobre el honor, la vida sobre el martirio revolucionario. Durante años, las relaciones entre Cuba y la URSS permanecieron tensas, no porque los soviéticos hubieran traicionado a Cuba, sino porque habían salvado al pueblo cubano de su propio líder.
El legado de un megalómano
La historia de aquella carta y de cómo fue recibida en Moscú debería ser lectura obligatoria para quienes todavía romantizan la figura de Fidel Castro. No estamos hablando de un líder que defendió heroicamente a su pueblo pequeño contra un imperio poderoso. Estamos hablando de un hombre que, enfrentado a la posibilidad de perder el poder, prefirió contemplar la muerte de todos los cubanos antes que aceptar una derrota.
Como observó Jruschov con lucidez: «Los sobrevivientes hubieran culpado a los líderes por no haber tomado medidas para impedir esta guerra de exterminio». Castro no pensó en los sobrevivientes porque, en su delirio, no había contemplado que hubiera sobrevivientes cubanos. O peor aún: simplemente no le importaba.
El pueblo cubano debe a Nikita Jruschov, y no a Fidel Castro, el hecho de no haber sido incinerado en un infierno termonuclear en octubre de 1962. Mientras Castro diseñaba el apocalipsis, fue el líder soviético quien tuvo la cordura de decir no. Mientras Castro aspiraba al martirio colectivo, Jruschov elegía la vida.
Esta es la verdad incómoda que la propaganda castrista ha intentado enterrar durante décadas: el 26 de octubre de 1962, Fidel Castro sentenció a muerte a todo el pueblo cubano. Y fue la Unión Soviética, no el Comandante, quien salvó a Cuba de su propio líder.
Epílogo: La lección no aprendida
Cuando Castro finalmente dejó el poder en 2008, tras 49 años de gobierno absoluto, Cuba era un país empobrecido, aislado y atrasado. El hombre que estuvo dispuesto a sacrificar a su pueblo en 1962 siguió sacrificándolo día tras día durante casi medio siglo más, no en un instante de fuego nuclear, sino en la lenta agonía de un sistema económico disfuncional y una dictadura implacable.
La carta a Jruschov no fue una aberración en la vida de Castro; fue una revelación. Mostró al mundo quién era realmente el hombre detrás del mito revolucionario: un megalómano dispuesto a cualquier cosa, incluyendo el genocidio de su propio pueblo, con tal de no ceder el poder ni aceptar la derrota.
El pueblo cubano sobrevivió a la Crisis de los Misiles no gracias a Castro, sino a pesar de él. Y esa es quizás la lección más importante de aquel octubre terrible: que el mayor peligro para Cuba nunca vino de Washington o de Miami, sino del Palacio de la Revolución en La Habana.