El nuevo programa del gobierno cubano bajo la lupa
A finales de octubre, el Gobierno de Cuba divulgó oficialmente su “Programa para corregir distorsiones y reimpulsar la economía”, un extenso documento que aspira a estabilizar el país y retomar el crecimiento. El plan, de más de 90 páginas, incluye diez objetivos generales, más de cien metas específicas y cientos de acciones e indicadores.

La ambición es clara: poner orden en un escenario marcado por la inflación, la escasez, los apagones y la pérdida de poder adquisitivo. Pero detrás de esa avalancha de cifras y buenas intenciones, ¿hay realmente un camino viable para salir de la crisis? Cuatro economistas y analistas cubanos —Julio Carranza, William Sosa, Mauricio de Miranda Parrondo y Pedro Monreal— han aportado lecturas críticas que ayudan a responder esa pregunta.
Un programa con mucho contenido, pero poca conexión
El economista Julio Carranza reconoce el valor de contar, al fin, con un texto que reúna medidas que el gobierno venía aplicando parcialmente desde hace meses. Pero, tras su lectura, afirma que el resultado “vuelve a ser algo desintegrado e inconexo”, una suma de disposiciones sin una concepción verdaderamente sistémica.
Carranza subraya que el programa repite fórmulas probadamente inefectivas y deja fuera piezas clave de una reforma integral:
- No aborda de forma profunda la reforma empresarial, que debería devolver autonomía y coherencia a las empresas estatales.
- No propone cambios estructurales en la agricultura, donde la falta de incentivos y la baja inversión siguen limitando la producción de alimentos.
- Y, quizás más preocupante, no presenta una estrategia clara para ordenar el sistema monetario y bancario, que continúa funcionando bajo múltiples tasas de cambio y una dolarización parcial.
El economista resume su inquietud en una idea esencial: “Se vuelve a un compendio de aspiraciones y medidas inconexas”, sin definir secuencias de aplicación.
Impuestos sin incentivos: el riesgo de ahogar la iniciativa
El analista William Sosa pone el foco en la contradicción entre el discurso oficial de “dinamizar” la economía y la práctica de incrementar cargas fiscales y eliminar subsidios sin ofrecer incentivos reales.

“Los impuestos —dice— pueden convertirse en un freno cuando se aplican en un contexto de baja productividad y salarios deprimidos”. En lugar de estimular la creación, terminan castigando el esfuerzo y empujando a los emprendedores a la defensiva.
Sosa recuerda algo elemental: una economía no florece bajo la lluvia de los impuestos, sino con el aliento de los incentivos. Para él, el programa se centra en “corregir” el gasto estatal y reducir gratuidades, pero descuida el impulso que debería venir de créditos accesibles, estímulos productivos o políticas de apoyo a sectores estratégicos.
Sin incentivos, advierte, no hay reimpulso posible.
La gran contradicción monetaria
Uno de los puntos más polémicos del nuevo programa aparece en la página diez del propio documento: se afirma que “la economía cubana no cuenta, en las condiciones actuales, con posibilidad de avanzar hacia un esquema cambiario unificado”.
El economista Mauricio de Miranda Parrondo no pasa por alto la ironía. “¿Un programa para corregir distorsiones que no puede eliminar una de las distorsiones más graves?”, se pregunta.
Para él, el reconocimiento de que no hay condiciones para unificar el tipo de cambio equivale a decir que todo seguirá igual: “Unos haciendo que pagan, otros haciendo que trabajan, y la mayoría sin luz, sin agua, sin transporte ni comida”.
De Miranda va más allá: considera que el problema no es solo económico, sino político e institucional. “El escenario institucional actual —dice— es el que impide avanzar. Si no se cambian las reglas del juego, nada cambiará de verdad.”
Su mensaje final es un llamado a abrir el debate nacional sobre las alternativas, algo que muchos economistas dentro y fuera del país vienen reclamando hace años.
Un árbol de Navidad burocrático
Por su parte, Pedro Monreal ofrece quizás la crítica técnica más severa. Define el Programa como un documento “innecesariamente disperso, con metas poco creíbles y una estructura de árbol de Navidad”, donde cada ministerio colgó sus propios adornos.
Según Monreal, el texto confunde metas con indicadores, carece de definiciones precisas y no identifica con claridad las fuentes de financiamiento, salvo en el caso del sistema eléctrico. “Un programa económico —advierte— no es creíble si no explica con qué recursos se va a ejecutar.”
También resalta que no existen metas sobre pobreza y desigualdad, pese a que el propio gobierno reconoce la vulnerabilidad creciente de la población. Ni siquiera se adoptaron metodologías internacionales, como las de la CEPAL, para medirlas.
El resultado, dice, es un plan tan ambicioso como impreciso, que mezcla deseos con promesas sin calendario.
Entre el realismo y la repetición
Más allá de las diferencias de matiz, los cuatro analistas coinciden en un punto central: el Programa no resuelve los nudos estructurales de la economía cubana.
- No redefine el papel de las empresas estatales ni integra de forma clara al sector privado y cooperativo.
- No plantea una hoja de ruta para la unificación monetaria, condición básica para que los precios y salarios recuperen sentido.
- No presenta un mecanismo transparente para identificar a los beneficiarios de subsidios focalizados, lo que puede agravar la desigualdad.
- Y, sobre todo, no detalla de dónde saldrá el financiamiento para tanto objetivo simultáneo.
El documento sí da prioridad a temas urgentes como la energía, cuya crisis afecta a toda la vida nacional, y a la seguridad alimentaria. Pero al no acompañar esas metas con una estrategia coherente de incentivos, autonomía empresarial y reglas claras de mercado, su efectividad queda en duda.
Impacto social: ¿quién gana y quién pierde?
A corto plazo, los efectos previsibles apuntan a una mezcla de alivio parcial y frustración sostenida.
Algunas medidas —como la recuperación eléctrica— podrían mejorar el panorama inmediato. Pero la población seguirá enfrentando inflación alta, brecha cambiaria y precariedad salarial, mientras los ajustes fiscales se concentran en recortes de subsidios.
Los más golpeados serán, una vez más, quienes dependen exclusivamente de ingresos en pesos cubanos y no tienen acceso a divisas o remesas. Las desigualdades, tanto territoriales como sociales, podrían ampliarse.
En contraste, los actores económicos con acceso a divisas, las mipymes con capacidad de importar y los sectores vinculados a la exportación podrían beneficiarse si se flexibilizan las reglas del juego.
En definitiva, el costo social del programa recaerá sobre la mayoría si las reformas no se acompañan de medidas compensatorias y de una apertura real al diálogo económico y social.
Perspectivas: tres posibles caminos
- Escenario optimista: el gobierno logra articular los recursos, mejora la eficiencia energética, modera la inflación y aplica incentivos productivos. Sería un alivio temporal, aunque dependería de financiamiento externo y mayor transparencia.
- Escenario probable: se alcanzan mejoras parciales, pero las distorsiones monetarias y la desigualdad persisten. El crecimiento sería débil y frágil.
- Escenario pesimista: la falta de coherencia convierte el programa en otro “ordenamiento inacabado”, con ajustes que caen sobre la población y sin resolver los problemas de fondo.
Conclusión: el reto de no volver al punto de partida
El Programa de Gobierno 2025 intenta poner orden en medio del caos económico, pero corre el riesgo de repetir el guion de las reformas inconclusas. Su éxito no dependerá solo de la cantidad de objetivos, sino de la voluntad política de hacer lo que hasta ahora se ha evitado: reformar de verdad.
Un país no se reconstruye con decretos, sino con confianza, transparencia y participación. Si el gobierno quiere corregir distorsiones, tendrá que empezar por escuchar el debate que se abre entre sus propios economistas y por dar espacio a la iniciativa ciudadana y productiva. Solo así este programa dejará de ser un documento más para convertirse en una oportunidad real.