Cuba es un país hermoso, por su gente, su cultura, su arte, su historia, su arquitectura, sus paisajes. Sin embargo, es lamentable que muchos cubanos no pueden disfrutar plenamente de la riqueza que el país posee.
Hoy un número demasiado elevado de compatriotas vive en la agonía diaria. Parecen eternas las horas sin electricidad, con calor y mosquitos. La inflación exorbitante se refleja en elevado estrés para conseguir alimentos y otros productos básicos.
Los salarios suelen ser insuficientes. El transporte es deficiente. La infraestructura en general está sumamente deteriorada. Las condiciones higiénicas son pésimas. Los servicios de salud están muy deteriorados.
La economía está parcialmente dolarizada, mientras que no se paga en dólares a los trabajadores, entre otros indicadores. Ya no se cuenta con apoyos externos masivos que apuntalen un sistema económico claramente deficiente. Demasiada desesperanza ha empujado a cientos de miles a la emigración.
En estas circunstancias, son demasiados los cubanos que deben concentrarse en sobrevivir cada día, sin poder disfrutar de tanta belleza existente a lo largo y ancho del archipiélago. En un país donde el salario promedio no alcanza ni para alimentarse adecuadamente, hacer turismo es un lujo.
Cómo pude conocer mi país
En Cuba el turismo es uno de los pocos sectores que les permite a sus trabajadores vivir con cierto decoro. En la década de 1990, mi situación económica familiar era desesperada. Por tanto, debí abandonar mi carrera de Química Nuclear y cambiarme hacia otra que al graduarme me permitiera trabajar en turismo.
Así, fui guía de turismo en la Agencia de Viajes de Cubanacán durante ocho años. Luego inicié una carrera como profesor universitario, pero me mantuve haciendo turismo “por la izquierda”.
Mi trabajo de profesor e investigador en tres centros de la Universidad de La Habana fue por puro deseo de aportar desde la academia a una Cuba mejor. El salario de profesor en Cuba no alcanza ni para garantizar lo básico.
Fui descubriendo entonces que en mi caso se hallaban profesionales de distintas ramas, como arquitectos, juristas, economistas, profesores de ciencias sociales como yo ¡y hasta médicos!, dados los insuficientes salarios estatales.
Mi trabajo en turismo me permitió conocer las bellezas naturales, arquitectónicas e históricas de Cuba. De otra forma, no habría podido hacerlo, probablemente.







Así pude conocer de cerca la rica historia y arquitectura de ciudades como La Habana, Trinidad, Cienfuegos, Camagüey o Santiago de Cuba. También los paisajes, montañas o cuevas en zonas como Viñales, Matanzas, Guamuhaya o Baracoa. Las playas cubanas son paradisíacas, como Cayo Largo, Varadero, Cayo Santamaría, Cayo Levisa o Cayo Guillermo.




No obstante, fue trabajando con agencias privadas y cooperativas que pude conocer, promover y hasta crear experiencias auténticas propias del turismo moderno. Se trata de experiencias conectadas con la comunidad, el arte, las tradiciones, la gente.
Por ejemplo, experiencias culinarias, como permitirle al turista cocinar ropa vieja o enchilado de langosta y, luego, en el bar, preparar mojitos. También ofertas enfocadas en asistir al Festival de Jazz y en el disfrute de presentaciones privadas de músicos cubanos famosos.
Otras incluían talleres diversos, galerías de arte y encuentros personalizados con los artistas. Hay rutas sobre el legado africano en la cultura cubana, con visitas a las casas de santeros o babalaos inclusive.









Lamentablemente, el gobierno frena o limita la iniciativa y creatividad si esta no viene impuesta desde “arriba” por el Estado. Mucho del auténtico turismo moderno que se practica en Cuba debe operar “a la sombra” en el sector no estatal.
Joya monopolizada por el Estado
Al derrumbarse el llamado “campo socialista”, el poder en Cuba reaccionó desplegando una doble economía que les permitiera conservar el modelo estadocéntrico. Por un lado, el Estado mantendría servicios básicos gratuitos o asequibles para todos. Por otro, se abrieron espacios para ingresar divisas mediante la inversión extranjera, las remesas y el turismo.
En la práctica concreta se generó un segregacionismo económico divorciado del ideal de equidad y justicia social. El fallido “ordenamiento” intentó, más de tres décadas después, enmendar la situación, pero terminó empeorándola.
Es evidente que se requieren transformaciones estructurales que eliminen el estadocentrismo y que integren plenamente al país a las dinámicas económico-financieras globales. No obstante, el Partido Comunista se aferra a ejercer un control excesivo sobre la sociedad. Esta política trae el efecto contrario de contrarrestar con eficiencia las presiones externas de Estados Unidos.
Así, desde la década de 1990 se decidió impulsar el turismo. No obstante, en lo fundamental se desarrolló como un monopolio del Estado. El sector no estatal ha tenido ciertos espacios, como restaurantes, casas de hospedaje y alguna transportación, pero ha sido marcadamente limitado por el control estatal.
Durante el período de pandemia de COVID-19, centenares de trabajadores del turismo luchamos con empeño por que se legalizara el trabajo de guía de turismo por cuenta propia. Nos unimos en grupos virtuales y presencialmente también.
Durante cerca de un año insistimos en que se escuchara nuestra propuesta de legalizar el trabajo de guía de turismo por cuenta propia. Queríamos poder pagar tributos y contribuir con nuestro trabajo y creatividad al desarrollo turístico de nuestro país.
Finalmente, logramos reunirnos en varias ocasiones con viceministros del Ministerio de Turismo y también del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Nos escucharon y no refutaron nuestros argumentos. Recopilaron proyectos turísticos individuales que nos pidieron, pero nunca supimos con qué objetivo realmente.
A la postre, nos enviaron una nota donde se señalaba que la actividad de guía era exclusiva de agencias de viajes estatales. La nota fue muy parecida a la enviada a un grupo de arquitectos que participaron en una solicitud similar.
Parias en su propia tierra
Mientras en el mundo los nacionales son mayoría en cuanto al movimiento turístico total, en Cuba ha sido justo al revés durante más de treinta años. Además, los cubanos han sido objeto de segregación en su propia tierra, con ecos hasta el presente.
Hasta el 2008 los cubanos tuvieron prohibido hospedarse en los hoteles de su propio país. Todavía hoy se les prohíbe abordar embarcaciones recreativas. Hace pocos años, unos amigos estadounidenses me invitaron a ir de pesca en un hermoso yatecito de la Marina Hemingway. Al llegar allí no me permitieron ir con ellos, por el mero hecho de ser cubano.
Por otro lado, la excursión a Cayo Largo incluye el traslado entre Playa Sirena y la isla de las iguanas. Los cubanos tienen que realizar la travesía remolcados en bicicletas acuáticas, en lugar de las cómodas embarcaciones reservadas exclusivamente para turistas extranjeros. La ridícula justificación ha sido la ocurrencia esporádica de intentos de secuestrar embarcaciones para fugarse por mar a Estados Unidos.
Peor aún, desde que se inició el desarrollo impetuoso del turismo en la década de 1990, se desarrollaron hábitos discriminatorios hacia su propia gente por parte de trabajadores inescrupulosos del sector. ¡Pero que podía esperarse si la discriminación ha sido institucional!
El extranjero ha sido visto como un “salvador”, como una “mina” de oro que hay que venerar. Sin embargo, ha sido un arma de doble filo, porque el visitante foráneo es visto también a menudo como un proveedor de divisas a quien hay que extraerle el máximo. Esta situación ha conducido a estafas, engaños, robos, asaltos, prostitución.
El Estado cubano ni se preocupa por llevar estadísticas precisas sobre los turistas nacionales. No obstante, puede observarse que en general es un lujo ser turista nacional. En general, solo pueden serlo los cubanos con familiares en el exterior, que reciben remesas -aunque a menudo estas deben destinarse a tratar de garantizar lo básico-, dueños de alguna empresa privada exitosa o que trabajan en algún sector excepcionalmente lucrativo.
Decadencia sistémica
El turismo en Cuba ha perdido mucha fuerza. Los ecos de la pandemia inciden. También afectan las presiones de Estados Unidos. Sin embargo, las pésimas estrategias emanadas del inoperante modelo estadocéntrico constituyen otro factor decisivo.
Entre 2009 y 2023, según datos oficiales, el gobierno cubano concentró el 39% de sus inversiones en turismo. Sobresale la construcción sobredimensionada de hoteles. Mientras, la tasa de ocupación se ha mantenido muy por debajo de la media en el Caribe, de un 60%. En 2024, por ejemplo, fue de alrededor del 23%.
Esta pésima planificación ha sido en detrimento de sectores vitales como energía, agricultura, salud y educación. El resultado ha sido, en gran medida derivado de la desacertada gestión gubernamental, la caída del país en una profunda crisis multidimensional y sistémica.
Asimismo, al Estado restringir considerablemente la iniciativa, el emprendimiento y la creatividad en el sector no estatal, ha habido un notable estancamiento. Además, el pleno disfrute del visitante se dificulta enormemente ante el deterioro generalizado de las condiciones de vida en el país.
En contraste, por ejemplo, República Dominicana, competidor caribeño, se ha enfocado en lograr un desarrollo moderno del sector. En consecuencia, lleva enorme ventaja sobre Cuba, a pesar de ser un país mucho más pequeño.
El sector turístico cubano tiene enormes potencialidades que podrán aprovecharse plenamente el día que la Mayor de las Antillas se democratice y se deshaga, por tanto, de su inoperante modelo estadocéntrico.


