Walter Rauff es un nombre con una de las paradojas más oscuras de la Guerra Fría: cómo un arquitecto del exterminio industrializado pasó de las filas de la SS a nóminas del espionaje internacional en América Latina. Recicló su talento para la contrainteligencia bajo nuevas banderas, enfocado en la amenaza comunista de Fidel Castro, al que dedicó particular atención y otros líderes de izquierda del área.
Tras la caída del Tercer Reich, Rauff utilizó las famosas «rutas de las ratas» (ratlines), hacia Siria y luego a Ecuador, antes de asentarse definitivamente en Chile. Sin embargo, su retiro no fue una jubilación pacífica. Documentos desclasificados en 2011 confirman que el Servicio de Inteligencia de la RFA (BND), dirigido por Reinhard Gehlen (otro exmilitar del Reich), lo reclutó en 1958 bajo el nombre en clave «Enrico», .
Su misión era actuar como «agente de campo» en Latinoamérica para monitorear los movimientos que amenazaban los intereses occidentales. En este contexto, el BND vio en él a un analista con «frialdad técnica» útil para diseccionar el nuevo escenario geopolítico de la región.

La lupa sobre Fidel Castro: Espionaje desde México
A principios de los años 60, el epicentro del miedo anticomunista era la Cuba de Fidel Castro. El BND, preocupado por el efecto dominó de la revolución cubana, comisionó a Rauff para labores de inteligencia en México.
Su estancia allí no fue casualidad geográfica ni capricho; México era entonces el principal centro de tránsito de diplomáticos, exiliados y agentes revolucionarios. Rauff fue enviado a investigar la consolidación del régimen castrista y las redes de apoyo que tejía en el continente.
Debía evaluar la logística de exportación de la revolución. Rauff analizó cómo el modelo cubano podría infiltrarse en otros países. Como exoficial de las SS, sus informes al BND llevaban obsesión por la estructura militar y el control social. Analizó la figura de Castro como estratega con carisma para movilizar masas, paralelismo que, irónicamente, conocía bien desde sus días en Berlín.
Aunque el BND prescindió de sus servicios en 1962 (debido al riesgo político de mantenerlo en su nómina), los informes de Rauff contribuyeron a la paranoia de la inteligencia alemana sobre el «peligro rojo» en el hemisferio occidental .
Sin embargo, lo menos conocido de la actividad de Rauff en Latinoamérica, involucra su vigilancia sobre Castro, pero para otra entidad: la Red Bolívar, estructura de Inteligencia creada por el Reich durante la guerra que permaneció activa y, según algunos investigadores, aún lo está.
Rauff siguió meticulosamente el accionar de Castro durante los preparativos de la expedición del yate “Granma”. Alcanzó a vislumbrar cuestiones que hizo llegar al BND, aun cuando no pertenecía a este oficialmente. Entre sus reportes resalta una evaluación psicológica del futuro líder, que figura en archivos del BND y la CIA.

Espionaje previo de Rauff sobre Castro
Datado en febrero de 1956, el informe de Rauff califica a Castro como “Individuo extremadamente desconfiado, llegando a la paranoia. Tendencias narcisistas e impulsivas aunque con inteligencia privilegiada. Muy eficiente en aglutinar a su alrededor a otros con ideas afines y crear vínculos de subordinación de estos hacia su persona. Intransigente en cuanto a liderazgo, desoye opiniones divergentes y aparta a quienes las sustentan.
Demostró improvisación elevada hasta la ingenuidad o el cinismo en la organización de los asaltos del 26/7/53, efectuados sin apenas preparación logística y militar de los implicados (calificado por especialistas como casi suicidas). La mayoría de los asaltantes no conocían los objetivos del ataque hasta pocas horas previas. Ni siquiera poseían Inteligencia mínima o elemental de los cuarteles.
Su personalidad ávida de protagonismo se manifestó claramente en su etapa de estudiante universitario y su militancia en el Partido Ortodoxo, frustrada por el golpe militar de Fulgencio Batista”.
En el presidio, buena parte de los asaltantes se separaron de él por su prepotencia e intransigencia, rayana en el autoritarismo y las tendencias comunistas manifestadas. Se negó a integrar un movimiento con liderazgo colectivo o colegiado.
Remarca esta actitud su vinculación silenciosa con grupos del PSP a los que públicamente no da relevancia en la conformación del Movimiento, pero se aprovecha de sus estructuras y aparato de Inteligencia para sumar adeptos en su objetivo mayor: tomar el poder en Cuba.
En México, continúa con tales tendencias, dando a su futura guerrilla organización militar, cooptando el mando supremo. Su segundo Antonio “Ñico” López lo es apenas de nombre, aunque en la génesis del movimiento, fue quien aglutinó a la “Generación del Centenario” con su labor como agente comunista. Esto certifica que Castro está radicalizado aunque lo niegue.”
A pesar del tiempo, el informe mantiene validez prístina.

Relación de Castro con la KGB, según Rauff
Los informes de Rauff para el BND, bajo el criptónimo «Enrico» entre 1958 y 62, revelan una de las misiones más inusuales de la Guerra Fría: un criminal de guerra nazi descifrando la «sovietización» de Cuba. Aunque Rauff operaba principalmente desde Chile y realizó gestiones en México para penetrar la isla, sus informes reflejaban la obsesión de la inteligencia alemana occidental por los hilos del KGB en el Caribe.
Los reportes se centraron en la tesis de que Fidel no era un líder nacionalista independiente, sino agente de expansión para Moscú. Analizaron la estructura de las milicias cubanas bajo lente militar prusiano, advirtiendo que el modelo de «control total» de Castro guardaba similitudes con la organización de cuadros del bloque soviético.
Rauff sugería que la intromisión del KGB era militar e institucional, moldeando al G-2 cubano a imagen y semejanza del aparato de seguridad soviético. Irónicamente, esa organización llevó al fracaso al espía: no pudo obtener visado para entrar a Cuba; el régimen castrista mantenía una vigilancia tan estricta que incluso un experto en contrainteligencia como «Enrico» no pudo «abrir puntos de acceso» directos.
Rauff reportó que Moscú veía inicialmente a Castro con desconfianza, calificándolo de «estalinista pequeño-burgués», pero destacó cómo el KGB finalmente decidió «domesticarlo» para usar a Cuba como portaaviones ideológico hacia el resto de América Latina.
Aunque sus informes no detuvieron el avance comunista, documentaron la temprana y profunda simbiosis entre La Habana y el Kremlin, a través de los ojos de un hombre que una vez sirvió al régimen que Castro decía combatir.