Un giro brusco en la política estadounidense hacia Venezuela amenaza con convertir la operación antinarcóticos en un conflicto armado de consecuencias impredecibles
La administración Trump ha cerrado abruptamente todos los canales de diálogo con el gobierno de Nicolás Maduro, según reportó The New York Times, al mismo tiempo que el presidente estadounidense anuncia una inminente «fase terrestre» en su ofensiva militar contra el narcotráfico en el Caribe, una escalada que implica necesariamente la violación de la soberanía venezolana.
El anuncio marca un punto de inflexión en una crisis que ha escalado vertiginosamente desde agosto, cuando Estados Unidos desplegó al menos ocho buques de guerra y un submarino nuclear en aguas cercanas a Venezuela. Lo que comenzó como una operación antidrogas se ha transformado en lo que Trump describió formalmente ante el Congreso como un «conflicto armado» contra los cárteles.
De las lanchas al territorio
Durante las últimas seis semanas, la Marina estadounidense ha atacado al menos cinco embarcaciones en aguas internacionales del Caribe, causando 21 muertes según cifras oficiales. Trump declaró el domingo, con su característica contundencia, que los ataques han sido tan efectivos que «ya no quedan barcos» en esa zona.
Pero el presidente fue más allá. Sin ofrecer detalles operacionales, anunció que «viene la fase terrestre», una declaración que activó alarmas en toda la región. Según informes de la cadena NBC y otros medios estadounidenses, esta fase podría contemplar bombardeos contra bases donde operan grupos que Washington clasifica como «narcoterroristas», muchos de ellos disidencias de las FARC colombianas refugiadas en territorio venezolano o socios del Tren de Aragua.
La distinción técnica entre atacar «bases de narcotraficantes» y atacar instalaciones en suelo venezolano —algunas de las cuales, según informes de inteligencia, cuentan con la complicidad o incluso la participación de fuerzas gubernamentales— es en la práctica una línea demasiado delgada para sostener el argumento de que no se trata de una acción militar contra las fuerzas leales a Maduro.
El cierre diplomático
La orden presidencial de cancelar todas las negociaciones con Caracas, que habían sido conducidas por el enviado especial Richard Grenell, elimina cualquier válvula de escape diplomática. Esta decisión, confirmada por fuentes del Departamento de Estado, se produce simultáneamente con el incremento de la recompensa por la captura de Maduro a 50 millones de dólares.
Las relaciones entre ambos países ya estaban formalmente rotas desde 2019, cuando la embajada estadounidense en Caracas cerró sus operaciones y retiró a todo su personal diplomático. Sin embargo, existían canales «discretos» de comunicación que ahora, según todos los indicios, han sido clausurados.
La estrategia de la víctima
Ante esta escalada sin precedentes, Maduro ha respondido con una estrategia aparentemente contradictoria pero calculada: presentarse como el protector responsable de los intereses estadounidenses en Venezuela.
El lunes, en su programa semanal de televisión estatal, el mandatario venezolano denunció sin presentar evidencias un supuesto complot de «extremistas de la derecha local» para colocar explosivos en la embajada de Estados Unidos en Caracas. Describió el plan como una «operación típica de falsa bandera» diseñada para «culpar al Gobierno bolivariano y comenzar una escalada de enfrentamientos».
La denuncia es, en el mejor de los casos, improbable. La embajada lleva seis años cerrada, sin personal diplomático estadounidense. Aunque mantiene 150 empleados venezolanos para su mantenimiento, el edificio no representa un objetivo lógico para ninguna facción política.
Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento controlado por el chavismo y jefe de la inexistente «delegación para el diálogo con Estados Unidos», anunció que había advertido del supuesto plan «a través de tres vías distintas» y que habían «reforzado la seguridad» de la sede diplomática. «Nuestro gobierno respeta y protege» la embajada, declaró.
Washington respondió con un silencio que habla por sí mismo. Un vocero del Departamento de Estado confirmó que «la seguridad de las instalaciones es la más alta prioridad», pero se negó a comentar sobre conversaciones diplomáticas o confirmar si había recibido alguna información de Venezuela.
El mensaje detrás del mensaje
La maniobra de Maduro es transparente: posicionarse ante la comunidad internacional como el adulto responsable que protege intereses extranjeros mientras es víctima de provocaciones. Simultáneamente, ha enviado cartas al Papa León XIV y movilizado a sus seguidores hacia la sede de Naciones Unidas en Caracas pidiendo «mediación por la paz».
Pero la estrategia tiene un problema fundamental: Estados Unidos ya no está escuchando. Con los canales diplomáticos cerrados, la preparación de operaciones terrestres en marcha, y un presidente estadounidense convencido de que está ganando una guerra contra el narcotráfico, Venezuela se encuentra en la posición más vulnerable de su historia reciente.
Mientras tanto, miles de milicianos venezolanos realizan entrenamientos militares preparándose para lo que Maduro llama una «inminente invasión». Si la historia sirve de guía, cuando ambos lados se preparan para la guerra, la guerra tiene una forma de encontrarlos.
La pregunta ya no es si habrá una fase terrestre, sino cuándo comenzará y cuánto costará detenerla.