El 2 de diciembre de 1956, la expedición del yate Granma arribó a las costas orientales de Cuba, marcando el inicio formal de la lucha guerrillera de Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista.
Lejos del mito heroico que la propaganda oficial ha construido alrededor del evento, el desembarco en la zona de Las Coloradas fue una operación militar profundamente fallida y caótica, definida por la improvisación, el miedo del liderazgo y la negligencia estratégica.
La glorificación posterior de la fecha, usada por el régimen para conmemorar la creación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), contrasta brutalmente con la realidad de un naufragio intencional que puso en peligro la vida de los 82 expedicionarios y prefiguró el desastre que vendría después.
Analizar el desembarco del Granma es desmantelar el mito y confrontar la historia con los hechos: el coraje residió en la tropa, mientras la imprudencia y el egocentrismo marcaron la dirección.

Un desembarco absurdo: el caos en Las Coloradas
El yate Granma, concebido para un máximo de 20 personas, zarpó de Tuxpan, México, con 82 hombres y un cargamento excesivo de armas, municiones y pertrechos. La travesía de siete días fue una pesadilla de hacinamiento, mareos y averías. Cuando finalmente avistaron la costa oriental de Cuba, la operación de desembarco, programada para coincidir con el Alzamiento de Santiago de Cuba de Frank País, se ejecutó con una negligencia casi absurda.
La zona elegida, Playa Las Coloradas, en el municipio de Niquero, era totalmente inadecuada. No es una playa despejada, sino un área de manglares, ciénagas y terreno bajo y pantanoso, completamente cubierto por una vegetación densa y hostil.
El peor error de ejecución fue la decisión de encallar la embarcación. Según testimonios de expedicionarios y análisis posteriores, Fidel Castro, temiendo ser descubierto por la aviación o la marina de guerra de Batista, y sintiéndose vulnerable, obligó al timonel (Norberto Collado Abreu) a dirigir el yate directamente hacia la orilla fangosa, a pesar de estar lejos del punto de desembarco planeado.
El resultado fue que el Granma encalló a más de dos kilómetros de la costa seca. Los expedicionarios, ya agotados por el mareo y la falta de sueño, se vieron forzados a vadear a pie esta larga distancia por un manglar traicionero y un terreno lodoso, sobrecargados con sus mochilas de 40 libras (casi 20 kg), rifles y cajas de municiones.
Mal planificado y ejecutado y marcado por la imprudencia del liderazgo, el desembarco agotó física y mentalmente a la tropa antes siquiera de que sonara el primer disparo de la guerra.

El miedo del liderazgo y la traición al timonel
La decisión de encallar el Granma y forzar a la tropa a una marcha extenuante a través del fango de los manglares ilustra la tensión entre el mito y la realidad del liderazgo de Fidel Castro. El acto, motivado por el miedo a ser detectados por las fuerzas batistianas, demostró falta de visión estratégica (la paciencia y el sigilo eran cruciales), además de desprecio por la seguridad y la moral de sus propios hombres.
El propio Norberto Collado Abreu, timonel del yate, relató posteriormente cómo fue obligado a llevar la nave a un área peligrosa: un acto de imposición caprichosa por parte de Castro. Esta orden puso en riesgo la vida de los expedicionarios y sacrificó el yate, la única vía de escape o soporte logístico en caso de fracaso.
La pérdida de la embarcación simbolizó la quema de naves forzada por un líder que, al no tener una vía de repliegue, obligaba a sus hombres a avanzar sin importar el costo físico.
Este desembarco caótico no puede ser separado de la negligencia estratégica. La expedición fracasó en sincronizar su llegada con el Alzamiento de Santiago, dejando a Frank País García y sus combatientes urbanos solos frente a la represión de Batista.
Tal error de coordinación, del cual Fidel Castro siempre eludió responsabilidad, achacando todo al mal tiempo, garantizó que el ejército de Batista estuviera alerta, preparado y con fuerzas disponibles para respoder. El mito del heroísmo del desembarco es una construcción a posteriori para justificar la irresponsabilidad que caracterizó la fase inicial de la guerra.

El Desastre de Alegría de Pío y el hábito de la huida
El desembarco fallido tuvo una consecuencia directa y devastadora: el Desastre de Alegría de Pío, ocurrido tres días después, el 5 de diciembre de 1956. La tropa, debilitada por el naufragio y la marcha extenuante por los manglares, y desorientada por el terreno desconocido, era un objetivo fácil para el ejército de Batista, ya alertado y rastreando a los expedicionarios.
La emboscada de Alegría de Pío fue una masacre. El ejército batistiano, utilizando información de inteligencia y la obvia estela dejada por la tropa en los manglares, sorprendió a los expedicionarios. La fuerza expedicionaria fue prácticamente aniquilada y dispersada. Muchos murieron en el combate, otros fueron capturados y fusilados, y una gran parte de las armas y provisiones se perdieron en el caos.
Una vez más, la conducta de Fidel Castro en la batalla se distingue por su «hábito de la huida» y el abandono de sus hombres. Testimonios de sobrevivientes y análisis históricos señalan que Castro se escapó de la emboscada junto con un pequeño grupo de hombres, dejando al grueso de su fuerza a merced del enemigo.
Su supervivencia, como en otros momentos críticos de su vida, no tuvo nada de heroísmo, y sí de pragmatismo egoísta, con la fortuna de ser protegido por otros. El saldo fue catastrófico: de los 82 hombres, solo unos doce lograron reagruparse posteriormente, formando el núcleo original de la guerrilla en la Sierra Maestra.
Alegría de Pío fue una derrota militar total causada por la cadena de errores iniciada en el desembarco de Las Coloradas, nada más lejos de una “batalla heroica”.

La construcción mítica y las FAR: Historia reescrita
El régimen cubano, en su necesidad de construir y mantener una legitimidad fundacional épica, ha reescrito la narrativa del Granma y Alegría de Pío, elevando el caos a la categoría de hazaña. El desembarco de Las Coloradas, con sus errores garrafales, es presentado como gesta heroica por excelencia.
La mayor distorsión histórica ocurre con la celebración de esta fecha. El 2 de diciembre se usa oficialmente como Día de la creación de las FAR. La justificación es un ejercicio de propaganda descarada. No nacieron del desembarco ni del posterior desastre; nacieron de la supervivencia de una docena de hombres y una posterior reorganización.
Vincular el origen de las FAR a un fracaso logístico y militar tuvo como premisa fundar una tradición, proveyendo a la institución militar de una fecha de origen mítica e inatacable. También se busca refutar el fracaso. Transformar el desastre de Alegría de Pío y el naufragio intencional en prueba de la inquebrantable voluntad de Fidel Castro, refuerza la narrativa de que la victoria surgió de la adversidad más extrema.
En realidad, el Desembarco de Las Coloradas y el desastre de Alegría de Pío son el testimonio de un inicio caótico y mal dirigido. El verdadero heroísmo fue la capacidad de los sobrevivientes (el puñado de hombres que se reagruparon) para mantener viva la llama de la revolución a pesar de los errores de su líder.
La crónica histórica debe refutar el discurso heroico y dejar claro que este evento fue un ejemplo de cómo la imprudencia del liderazgo casi aniquila una causa antes de que se pudiera siquiera comenzar a luchar por ella.