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Durante décadas, el poder en Cuba ha inculcado la idea de que Estados Unidos es el único culpable del conflicto bilateral desatado tras la victoria de los barbudos en 1959. La narrativa oficial erigió un mito: la isla como David frente a Goliat, una nación independiente asediada injustamente por la potencia imperial vecina. Bajo esa lógica, la disidencia se convierte en traición y el control absoluto del Partido Comunista se justifica como garantía de soberanía.
Ese discurso legitimó errores económicos y políticos, la falta de transparencia y la represión de cualquier voz crítica. Los cubanos inconformes fueron estigmatizados como “gusanos” o “vendepatrias”, reprimidos, encarcelados o empujados al exilio. Todo en nombre de una supuesta construcción socialista que sirvió, más que nada, para perpetuar el poder de una casta política.
Pero ¿qué ocurriría si se demostrara que Fidel Castro pudo evitar la confrontación en 1959 y, lejos de hacerlo, optó por sabotear cualquier entendimiento? Esa hipótesis derrumbaría la narrativa oficial y evidenciaría que el embargo/bloqueo/sanciones/medidas de Estados Unidos y la hostilidad mutua no eran destino inevitable.
El investigador William Leogrande lo documentó en su artículo “Ira, antiamericanismo y la ruptura de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos” y en el libro Back Channel to Cuba, escrito junto a Peter Kornbluh. Veamos.
Los primeros meses: agresividad retórica frente a cautela diplomática
Desde enero de 1959, Fidel Castro cargó contra Estados Unidos en discursos que responsabilizaban al vecino del norte de los males de Cuba en el siglo XX. Mientras tanto, Washington reconoció al nuevo gobierno y mantuvo una política de observación prudente, lo que generó irritación en sus círculos de poder.

La embajada en La Habana reportó que la actitud de Castro transmitía desconfianza y enemistad. Sin embargo, diplomáticos como Daniel M. Braddock insistían en que Washington deseaba buenas relaciones y que el antiamericanismo del líder cubano era más retórica populista que política real.
Incluso cuando Castro visitó Estados Unidos en abril de 1959, Eisenhower aceptó otorgarle visa pese a su hostilidad pública, advertido por la CIA de que negársela solo fortalecería su imagen nacionalista. La diplomacia estadounidense apostó una y otra vez por no confrontar.

El propio embajador Philip Bonsal recomendó no caer en una guerra de palabras, recordando que la revolución tenía apoyo legítimo y causas históricas. Pero los ataques retóricos desde Cuba continuaron. Castro evitó recibir a Bonsal hasta septiembre y luego, al hacerlo, reconoció que quizá se había excedido en sus críticas. También su embajador, Ernesto Dihigo, justificó la hostilidad como “entusiasmo juvenil” de funcionarios inexpertos.
Washington, sin embargo, empezaba a perder la paciencia. En noviembre de 1959, el Departamento de Estado concluyó que no era posible un entendimiento: Castro fomentaba deliberadamente el antiamericanismo.
Últimos intentos de negociación
Aun así, Bonsal convenció a Eisenhower de intentar un último acercamiento. En enero de 1960, el presidente publicó una declaración reconociendo el derecho de Cuba a aplicar reformas sociales y llamando a negociar.
Por un breve periodo, Castro bajó el tono. Pero antes de abrirse las conversaciones, Raúl Castro lanzó un discurso virulento en la Universidad de La Habana contra Estados Unidos y su papel en 1898. La posibilidad de entendimiento se frustró nuevamente por decisión de la dirigencia cubana.
Años más tarde, en 1978, Fidel Castro admitiría ante el diplomático Wayne Smith que quizá había quemado puentes demasiado pronto y actuado con más agresividad de la necesaria.
Exactamente dijo:
“En retrospectiva, veo una serie de cosas que quisiera haber hecho de manera diferente… Hasta los adversarios hallan útil mantener puentes entre ellos… Quizá quemé algunos de esos puentes de manera precipitada; en determinados momentos es posible que haya sido más brusco, más agresivo de lo que la situación requería”.
Como es conocido en Derecho, a confesión de partes, relevo de pruebas.
“En retrospectiva, veo una serie de cosas que quisiera haber hecho de manera diferente… Hasta los adversarios hallan útil mantener puentes entre ellos… Quizá quemé algunos de esos puentes de manera precipitada; en determinados momentos es posible que haya sido más brusco, más agresivo de lo que la situación requería”. Como es conocido en Derecho, a confesión de partes, relevo de pruebas.
El papel de la Guerra Fría en la batalla Cuba vs Estados Unidos
A partir de entonces, el clima de desconfianza desató una cadena de acciones y reacciones que escalaron hasta el presente. Lo cierto es que los primeros ataques provinieron de La Habana, cuando Washington aún buscaba negociar. La dirigencia cubana provocó para luego victimizarse.
La preocupación estadounidense por un giro comunista en Cuba no era infundada. Ya en 1959, figuras de la lucha antibatistiana como Pedro Díaz Lanz y Huber Matos denunciaban esa tendencia. En plena Guerra Fría, la posibilidad de un gobierno comunista a 90 millas de Florida era intolerable para Washington, que ejercía control anticomunista en su zona de influencia al igual que Moscú en la suya.

Los defensores de Castro suelen invocar el caso de Jacobo Arbenz, presidente guatemalteco derrocado en 1954 tras impulsar una reforma agraria que afectó a la United Fruit Company. Pero las condiciones no eran comparables: la revolución cubana había triunfado por las armas, controlaba el ejército y gozaba de amplio apoyo popular. Estados Unidos, por ello, insistió en la negociación antes de pasar a medidas drásticas.
Un ejemplo más pertinente es Lázaro Cárdenas en México. En 1938 nacionalizó el petróleo, pero evitó la confrontación con una retórica moderada y negociaciones que permitieron un arreglo con Washington. A diferencia de Castro, Cárdenas no dio señales de acercamiento al comunismo ni ejecutó nacionalizaciones en todos los sectores con apariencia de confiscación.
La falacia de la inevitabilidad
La propaganda castro-populista sostiene que primero fue la hostilidad estadounidense la que empujó a Cuba hacia la URSS. Sin embargo, el orden cronológico muestra lo contrario: Fidel Castro asumió desde temprano que el choque era inevitable y actuó en consecuencia.
Esa visión binaria —o enfrentarse a Estados Unidos o resignarse a la dependencia— ocultaba opciones intermedias y más sostenibles. Había margen para reformas graduales y negociaciones pragmáticas, aunque no estuvieran posiblemente exentas de desafíos. Pero esas vías no garantizaban el objetivo personal de Castro: concentrar poder, eliminar oposición y perpetuarse en el mando bajo la excusa del enemigo externo.

Sí, Cuba debía resolver la dependencia del azúcar y de Estados Unidos, así como profundas desigualdades sociales y problemas diversos. Pero nada obligaba a emprenderlo mediante una confrontación abierta con la mayor potencia mundial.
Esa elección política, no impuesta por el destino, sino en gran medida por la personalidad de Fidel Castro y el envalentonamiento de los rebeldes –algunos de cuyos líderes principales eran comunistas (Fidel Castro lo escondía al principio), como el Che y Raúl Castro– que venían de alcanzar una victoria rotunda contra un ejército poderoso, arrastró al país a una guerra infinita que ha condicionado seis décadas de historia.
Quién sale perdiendo
El mito oficial ha intentado justificar atropellos y violaciones de derechos bajo la sombra de un enemigo externo inevitable. Sin embargo, los hechos muestran que, en 1959, Estados Unidos extendió reiteradamente la mano y fue Cuba, bajo la dirección de Fidel Castro, quien eligió la confrontación.
Como deja claro William Leogrande, fueron los discursos agresivos de Castro los que marcaron el inicio del enfrentamiento. La hostilidad posterior fue consecuencia de esa elección deliberada.
Por tanto, la confrontación prolongada no era inevitable. Fue provocada por un liderazgo que encontró en el conflicto externo la coartada perfecta para afianzarse en el poder. Y lo pagó, y lo sigue pagando, el pueblo cubano.
Referencias
- Leogrande, William M. (2017). Anger, Anti-Americanism, and the Break in U.S.-Cuban Relations. Diplomatic History, Vol. 41, No. 1. Disponible en: https://academic.oup.com/dh/article/41/1/104/2669371.
- LeoGrande, William M. & Kornbluh, Peter (2014). Back Channel to Cuba. The Hidden History of Negotiations between Washington and Havana. Chapel Hill: The University of North Carolina Press.
- Smith, Wayne S. (1987). The Closest of Enemies: A Personal and Diplomatic Account of U.S.-Cuban Relations Since 1957. New York, pp. 144–145.