La crisis cubana ha alcanzado dimensiones que superan cualquier narrativa de ficción. En un giro paradójico que desafía la lógica política convencional, los mismos sectores que aplaudieron fervorosamente cada decisión de Miguel Díaz-Canel y construyeron la apologética del sistema que él encabeza, ahora lo señalan como el chivo expiatorio de la debacle nacional. Los «revolucionarios» de manual, aquellos que durante años defendieron cada política del régimen, han decidido que Canel es el culpable de todos los males que aquejan al país, y exigen un regreso al modelo «original» de Fidel Castro.
La maniobra es tan transparente como hipócrita. Estos sectores ultrarradicales ahora reclaman una nueva revolución para salvar a la Revolución, como si el colapso actual fuera un desvío accidental del camino correcto y no la consecuencia inevitable de seis décadas de un sistema que ha consumido todas sus reservas económicas, políticas y morales.
El fracaso del Reordenamiento Económico
El llamado «Reordenamiento Económico» o «Tarea Ordenamiento», implementado en enero de 2021, se ha convertido en el blanco predilecto de estas críticas. La medida incluyó la unificación monetaria y cambiaria, la eliminación del peso convertible, el establecimiento de una tasa de cambio de 24 pesos cubanos por dólar, y un aumento significativo en salarios y pensiones. Sin embargo, la inflación minorista resultó muy superior a la diseñada, reduciendo drásticamente la capacidad de compra que supuestamente otorgarían las reformas salariales.

La inflación se convirtió en el síntoma más evidente e inquietante de la crisis, mientras que el gobierno tuvo que reconocer errores en el diseño y aplicación de la reforma. Los precios se dispararon, convirtiendo la alimentación en un lujo, mientras que servicios básicos como los comedores para ancianos aumentaron sus precios de forma insostenible.
Los críticos del gobierno señalan estas medidas como equivocadas, lo cual es innegable. Pero lo engañoso de este discurso es que presentan estas políticas como desviaciones del socialismo «verdadero», cuando en realidad son intentos desesperados de dar oxígeno a un sistema que entró en deterioro terminal hace décadas, desde los propios años de Fidel Castro.
La paradoja fidelista
El propagandista Iramís Rosique Cárdenas, investigador del Instituto de Filosofía y colaborador habitual de medios oficialistas, ejemplifica perfectamente esta contradicción. En una reciente publicación en Facebook, Rosique escribió:
«Con qué entusiasmo se fue desmantelando el estado ‘paternalista’, el de las gratuidades indebidas, el del derroche, el del igualitarismo, el del romanticismo, con la promesa de un socialismo más próspero, democrático y sostenible. A 15 años de una reforma incompleta que nos dejó en tierra de nadie, ya no hay paternalismo ni gratuidades ‘indebidas’, pero tampoco prosperidad, democracia, sostenibilidad ni socialismo. Y esto no se resuelve relocalizando el problema, ni con asistencialismo, ni con multas, ni con ‘intervención’ en ningún barrio: es estructural y requiere soluciones estructurales, estructurales como son las revoluciones.»
Este tipo de retórica es representativa de una corriente que intenta presentarse como opositora al statu quo mientras defiende férreamente los fundamentos del sistema que lo produjo. Rosique y sus correligionarios critican a Díaz-Canel por implementar reformas de mercado, pero se niegan a reconocer que dichas reformas son consecuencia inevitable del fracaso del modelo fidelista que ellos defienden.
La falacia del «socialismo traicionado»
Estos ultrarradicales hablan de regresar al camino del socialismo sobre las ideas de Fidel Castro, negando que sea este el verdadero culpable del estado actual de cosas. Es un ejercicio de negacionismo histórico que ignora hechos fundamentales: fue Fidel Castro quien estatizó la economía cubana hasta el nivel de asfixia, quien destruyó la iniciativa privada, quien convirtió a Cuba en un país dependiente del subsidio soviético y, tras su colapso, del venezolano. Fue bajo su liderazgo que se instauró un sistema de control político total que impide cualquier alternativa real de desarrollo.
Lo más notable de esta farsa es que estos críticos «revolucionarios» no liberan de culpa a Díaz-Canel. Por supuesto que Canel es tan cómplice de la miseria cubana como lo fueron ambos Castro. Es parte integral de la nomenclatura que ha perpetuado este sistema. Pero la diferencia es que estos fidelistas ortodoxos lo critican por las razones equivocadas: no por mantener la dictadura, sino por intentar reformarla tímidamente.
El espejismo de las reformas
Las medidas del reordenamiento del comercio interior anunciadas recientemente, lejos de mejorar la economía, han acelerado la inflación y generado mayor escasez. Sin embargo, estas no son transiciones hacia una economía de libre mercado, como pretenden algunos. Cuba sigue siendo un sistema profundamente restrictivo, con constantes ataques a la gestión privada y a las libertades individuales.
Los propagandistas del Partido que ahora hacen papel de opositores al régimen reclaman que el actual caos se modere y regrese al «caos controlado» que dejó Fidel. Están indignados del cambio que ha experimentado Cuba, pero lejos de pensar en la restitución de la República, en un verdadero libre mercado, en el desarrollo económico real, quieren que el país restrinja aún más lo que ya está restringido. Es un completo sinsentido.
La haitianización de Cuba
Muchos se rasgan las vestiduras cuando se habla de la haitianización de Cuba, pero es precisamente lo que encontramos en las calles y en los números económicos. En 2020, la economía cubana experimentó una contracción del 10.9%, la peor caída en casi dos décadas. El colapso de servicios básicos, la emigración masiva de profesionales calificados, el deterioro de la infraestructura, la escasez crónica de alimentos y medicinas, y la dolarización parcial de la economía son todos síntomas de un país que ha llegado a un punto de no retorno.
Las distorsiones cambiarias han creado una brecha que aumentó de 1.66 veces a inicios de 2021 a 2.79 veces en octubre del mismo año, con un tipo de cambio oficial sobrevaluado que no refleja las condiciones reales del mercado. Esta desconexión entre la economía oficial y la real es característica de estados fallidos.
Un movimiento ultrarradical
¿Estamos en presencia de un movimiento ultrarradical que exige un régimen ortodoxo fidelista y ve como enemigos a Raúl Castro y a Díaz-Canel por sus pírricas reformas? La respuesta es afirmativa. Estos sectores representan la última trinchera del dogmatismo revolucionario, incapaces de reconocer que el experimento socialista cubano fracasó no por su implementación defectuosa, sino por sus propias contradicciones internas.
El verdadero problema de Cuba no es que se haya alejado del modelo de Fidel Castro, sino que nunca lo haya abandonado realmente. Las tímidas reformas de los últimos años no han sido suficientes porque no pueden serlo dentro del marco de un sistema totalitario que controla cada aspecto de la vida económica y política del país. La gestión privada sigue siendo acosada, las libertades individuales siguen siendo reprimidas, y el Estado mantiene su control asfixiante sobre la economía.
La ilusión de la refundación
Estos fidelistas ortodoxos hablan de «refundar la Revolución», de volver a los orígenes puros del proceso revolucionario. Pero están pidiendo regresar a un pasado que nunca funcionó, excepto bajo el subsidio masivo de potencias extranjeras. Cuba vivió del apoyo soviético durante décadas, luego del venezolano, y ahora no tiene a quién recurrir. El modelo fidelista sin financiamiento externo masivo simplemente no es viable, y nunca lo fue.
La tragedia es que mientras estos debates internos del campo revolucionario consumen energías, el pueblo cubano continúa hundiéndose en la miseria. La emigración masiva, particularmente de jóvenes, es la votación más elocuente sobre el futuro que los cubanos ven para su país bajo cualquier variante del socialismo de Estado.
DPEPDPE
Este paripé de fidelistas exigiendo una revolución contra Canel es, en última instancia, el último estertor de un proyecto político exhausto. Es el equivalente ideológico de reorganizar las sillas en la cubierta del Titanic. No importa cuánto critiquen las reformas de Díaz-Canel o cuánto idealicen el pasado fidelista: el sistema que defienden está colapsado, y ninguna vuelta a los «orígenes revolucionarios» lo salvará.
La realidad cubana ha superado toda ficción precisamente porque el guion que estos fidelistas siguen repitiendo ha dejado de tener sentido ante la evidencia aplastante del fracaso. Cuba necesita una transformación real: restitución de las libertades políticas y económicas, apertura real al mercado, respeto a los derechos humanos, y el fin del monopolio político del Partido Comunista. Lo que definitivamente no necesita es más revoluciones para salvar a la Revolución.