El celular suena con su timbre más atronador y vibrante, como lo configuras porque de otro modo no lo sientes. Han pasado apenas dos horas desde que te tiraste a la cama y caíste en un verdadero desmayo, un lapso de tiempo sin sueños, sin espacio para otra cosa que no sea escapar; por unos minutos; de la realidad que te absorbe y rige tu existencia: cuidar un enfermo en Cuba.
Te levantas sin prisa pero sin pausa. Afuera un desfile de vendedores de pan duro, suave o en bolas, con sus silbatos llena el espectro auditivo de la calle, pero a ti ni siquiera te llegan sus gritos, porque las tres horas de electricidad que tuviste en la madrugada te hicieron correr más que Usain Bolt, saltar más que Javier Sotomayor y desgastarte más que un maratonista…
(Esos 180 minutos de fluido eléctrico, fueron un zafarrancho de combate/carrera vs tiempo, en el que conectar celulares, linternas, lámparas y ventiladores recargables, junto a la bomba de agua para llenar el tanque, el lavarropas para tener ropa limpia y las ollas y cocinas eléctricas para adelantar almuerzo y comida al mismo tiempo).
Ya a oscuras de nuevo, reptaste hacia tu cama, casi adivinándola en la oscuridad para caer en ese desmayo fulminante hasta que sonó el timbre que inició tu odisea diaria de atender a ese pariente enfermo, impedido de valerse por sí mismo y que, supuestamente, no tendría que pasar (luego de 40 años de trabajo honesto para el estado cubano) por las vicisitudes por las que atraviesa desde que cayó en cama.
Enfermos y viejos: víctimas de la desidia estatal en Cuba

Mientras cuela el primer café del día, te emboscas para detener al primer vendedor de pan que pase. El pan “de la bodega”, el normado por la “libreta de abastecimiento”, hace tres días que no lo traen y tu enfermo debe desayunar. Cuando por fin logras conseguir un pan (150 pesos si es “duro” o “blando”, según su corteza, o 30 si es en “bolas”) ya puedes sumarlo a la taza de yogur (350 pesos la botella de 1 litro) y el café (2800 pesos el paquete de 1 kg).
Das gracias a Dios por sus hijos emigrados, porque de otro modo, en lugar de pescar a un vendedor de pan, estarías como los otros muchos viejos que ves frente a tu casa a diario, revolviendo la basura en busca de latas para vender, ropa vieja con la que reponer su ya zarrapastroso atuendo, o directamente de comida, echada a perder por los constantes apagones y tirada sin remedio por sus dueños…
Ya con el desayuno listo, levantas, lavas, peinas y acicalas a tu pariente. Sirves la primera y “más importante comida del día” para arreglar su cama, cambiar su ropa y acercarle la dosis de múltiples pastillas y medicamentos que debe tomar. Adquiridos también por los envíos desde el extranjero de los hijos emigrados o, si hubo urgencia, en las calles a un precio que se equipara a su pensión de todo un mes.
En lo que termina, tienes tiempo para mandar al diablo otra vez a jefes y burócratas que te impidieron jubilarte o acogerte al beneficio de recibir pago por ocuparte de tu enfermo; beneficio legislado, pero casi siempre imposible de recibir por las múltiples trabas burocráticas del sistema; y ahora, también eres mantenido por tus emigrados y los pequeños “negocios” en que basas tu magra economía.

La Atención y el Trabajo Social en Cuba, otra farsa sistémica contra los enfermos
Apenas un respiro al llegar el enfermero que contrataste por cinco mil pesos para venir cada 3 días, a hacerle los ejercicios de fisioterapia. El tipo es de enorme ayuda, encara la atención al enfermo y te quita de encima un enorme gasto de energía. Además del dinero, debes asumir su almuerzo, merienda y comida vespertinas como parte del arreglo.
Aprovechando su estancia, vas a la oficina de atención social para resolver el “aseo”; unos jabones de dudosa calidad que llegan cada tres meses aproximadamente; hablar por enésima vez con la asistente social sobre conseguir profesional para atención personalizada de enfermos, que te ayude a aliviar tu cotidianidad. Su respuesta no te sorprende, pero no deja de molestarte: no hay posibilidades…
Regresando a la casa, te pasan por la cabeza tus padres y abuelos. Todos fallecidos en circunstancias parecidas, tras meses y años de padecer en silla de ruedas, o con demencia senil, dependientes por completo de hijos/nietos, turnándose, perdiendo días y hasta meses de trabajo, sin encontrar nadie que los sustituyera o ayudara, pues la mayoría de quienes se presentaron, querían a cambio una cosa: “Cuidarlos hasta que fallecieran, pero heredar su casa”.
Recuerdas a una tía en un asilo de ancianos, limpia solo días de visita, el resto con hedor a orina, ropa de cama sucia y ajada, su cuarto oliendo a suciedad acumulada porque la institución no tenía lavarropas en funcionamiento, ni útiles de limpieza, ni jabón, ni detergentes, ni desinfectantes para garantizar la limpieza e higiene de sus pacientes.
Te preguntas cómo es posible que un país que se vanagloria de “no dejar a nadie desamparado” sea eso precisamente lo que hace con sus ancianos, a quienes ya exprimió hasta la última gota de vida útil y provechosa y los aparta como basura en esta edad.

Comida y tratamiento médico en Cuba, otra Odisea del espanto.
De vuelta a casa pasas por el mercado. Necesitas surtir la despensa de las viandas, carnes y verduras que se echaron a perder tras el apagón, cuando el refrigerador no pudo retener o generar siquiera el fresco necesario para mantener lo ya preparado. Vas de sobresalto en sobresalto con los precios, pero pagas o no comen.
Ciento cincuenta pesos un aguacate, 200 una libra (menos de medio kg) de boniatos, 350 una libra de papas, 230 una libra de arroz, 800 pesos una botella de aceite, 750 pesos una libra de carne de cerdo… y se fue la mitad de la pensión de tu pariente. Ni pensar en comprar huevos porque con lo que resta hay que asegurar un par de medicamentos que aún no llegan desde fuera, aunque sus hijos ya los enviaron.
El último médico que intervino en su caso recetó fisioterapia, porque “el medicamento para eso que tiene, no lo hay. En verdad, no hay nada para nada, aunque fuera del hospital lo puedes conseguir”. Y es cierto, en el estacionamiento frente al Cuerpo de Guardia, hay una farmacia ambulante, en los bolsillos de decenas de ofertantes, a la vista de todos, sin que nadie lo vea.
Vas y encuentras lo que buscabas, lo que necesitas. Lo pagas al precio que sea y luego, al pasar por la farmacia estatal, ves los carteles anunciando la inexistencia de lo mismo que acabas de comprar a 20 metros de distancia, ves a la administradora hablando con un “conocido” tuyo que surte a los vendedores del estacionamiento. El sarcasmo te hace reír con amargura, pero tragas y aprietas el paso, porque ya es casi la hora del almuerzo. Te consuela saber que mientras otros viejos deben rebuscar cómo paliar su hambre, al menos tu gente no lo necesita.

Sufrir y sobrevivir enfermo en Cuba
El calor te hace sudar copiosamente. No hay un poro de tu cuerpo por el que no haya corrido la transpiración, fruto de la cocina, la caminata, el corretaje dentro de la casa en pos de garantizar que todo; o la mayor parte de lo que lleva el hogar; esté listo para que tu pariente enfermo y postrado no se resienta, pero igual lo hace. En algún momento sobreviene la queja; totalmente natural; por cualquier cosa.
Es ahí que tu paciencia se pone a prueba, pero no somos monjes tibetanos y alguna “¡pinga!” o “¡cojones!” bien cubanos sazonan el intercambio de criterios, o el encendido debate al respecto de los desacuerdos, de vez en cuando. Como decían nuestros ancestros: “Cosas buenas pa dejar salir la bilis de vez en cuando”. Es difícil navegar en paz todo el tiempo en un mar que es pura tormenta.
No se puede alardear de luz en medio de un constante apagón. No puedes, sin desconectar al menos por un rato, mantenerte cuerdo en un mar de locura, donde todo es gasto, incoherencia, escasez e impedimentos, donde quienes deben mandar y organizar solo viven mejor y gozan de sus pequeños u opulentos privilegios, pero los gozan de espaldas a quienes sufren.
Con ese escaso margen entre sufrir y locura, bañas a tu pariente para que, al menos con el agua por todo el cuerpo, refresque algo. Tras comer, cabecearás un rato junto a él al ritmo de la cháchara a oscuras de “está de pinga esto; ¿hasta cuándo será?”, luego de acostarlo, te bañas y, otra vez cual zombie, buscarás el trozo de colchón donde caer desmayado y esperar por el tiempo de corriente, cuando saltes y… vuelvas a empezar.