Crítica desde la izquierda a un modelo que terminó negando sus propios ideales
Todos en el mismo saco
Uno de los recursos más usados por el discurso oficial en Cuba ha sido la idea de que toda oposición, crítica o disidencia proviene de la derecha. Este argumento se ha repetido durante décadas, desde los primeros momentos del proceso revolucionario. Sin embargo, esa afirmación nunca fue cierta. No lo es hoy y tampoco lo fue en los años sesenta y setenta.
Con frecuencia, las voces oficiales recurren a insultos que colocan en el mismo saco a todo crítico del sistema. Son comunes palabras como “mercenario”, “apátrida”, “proimperialista” o similares. Cuando intentan extender un poco más el argumento, casi siempre aparece el tema de la derecha. Así, la derecha funciona como un significante negativo que engloba cualquier cuestionamiento profundo al modelo cubano.
Es importante recordar que los términos “izquierda” y “derecha” son complejos. Han evolucionado con el tiempo y su significado depende mucho del contexto histórico y cultural. Muchas posiciones políticas no encajan fácilmente en ese eje tradicional.
Aun así, en Cuba se suele reducir toda crítica a una etiqueta simple. Para los apologistas del sistema, si alguien cuestiona la estructura política, económica o institucional, entonces “es de derecha”.
Esa generalización no solo es falsa. También encubre un hecho histórico: las críticas más profundas al rumbo autoritario del proceso cubano surgieron precisamente desde la izquierda. Y surgieron muy temprano.
Desde los años sesenta y setenta, varios intelectuales, economistas, agrónomos y activistas socialistas, marxistas heterodoxos y anarquistas señalaron los riesgos de concentración de poder, estatismo extremo, represión política y eliminación de la participación democrática.
Entre esas voces destacan dos figuras clave: Sam Dolgoff y René Dumont. Ambos realizaron críticas profundas, rigurosas y documentadas. Ambos lo hicieron desde posiciones de izquierda. Ambos demostraron que el problema de fondo no es la dicotomía izquierda–derecha, sino el autoritarismo.
La crítica de Dolgoff sobre el proceso cubano
Sam Dolgoff (1902–1990) fue un anarquista estadounidense de origen obrero, muy activo en las luchas sindicales del siglo XX. Fue miembro destacado de los Industrial Workers of the World (IWW), uno de los sindicatos más combativos y antiautoritarios de Estados Unidos. Practicaba un anarquismo de base obrera, práctico y profundamente ligado a la acción directa, no un anarquismo académico o distante de la realidad social.
Dolgoff fue, además, un autodidacta excepcional. Traductor de Mijaíl Bakunin y divulgador de clásicos libertarios, dedicó su vida a criticar el autoritarismo dentro de la izquierda estatista. Defendió la democracia directa, el control obrero, la federación de comunidades libres y una profunda desconfianza hacia el Estado como institución.
Su obra La revolución cubana: una perspectiva crítica (1976) ofrece un análisis minucioso del proceso cubano desde sus inicios. Dolgoff sostiene que la revolución comenzó como una insurrección popular contra la dictadura de Batista, pero terminó convertida en un régimen autoritario dirigido por Fidel Castro y una élite político-militar.
Entre sus críticas principales destacan las siguientes:
- Centralización absoluta del poder político y económico. El Estado asumió control total y eliminó derechos individuales fundamentales.
- Un aparato represivo más sofisticado que el anterior. Censura, persecución, vigilancia y mecanismos institucionales para controlar la sociedad.
- Nacionalización sin autogestión. Aunque se expropiaron tierras y empresas, estas en general no quedaron en manos de campesinos ni trabajadores, sino bajo dominio estatal.
- Eliminación del sindicalismo independiente. Los trabajadores perdieron el derecho a huelga y los sindicatos fueron absorbidos por el Estado.
- Militarización de la vida social. Jóvenes, trabajadores y profesionales quedaron subordinados a mecanismos militares y parapoliciales.
- Supresión de libertades democráticas. Se eliminó la pluralidad política y las libertades democráticas, criminalizando toda disidencia a la que a menudo se le fabrican «delitos» comunes.
Según Dolgoff, estos procesos llevaron a la creación de una “dictadura de Estado”, donde el poder se volvió permanente y justificó su existencia mediante un discurso revolucionario cada vez más desconectado de la realidad social. En su visión, la revolución terminó traicionando sus ideales fundamentales: la libertad, la justicia social y la autodeterminación.
Para él, la verdadera revolución en Cuba está todavía pendiente. Esa revolución debería basarse en la democracia directa, en la autogestión de trabajadores y campesinos, y en una soberanía nacional libre de injerencias externas, pero también de autoritarismo interno.
La crítica de Dumont sobre el proceso cubano
René Dumont (1904–2001) fue un reconocido agrónomo e intelectual francés, pionero del pensamiento ecologista moderno. Ingeniero agrónomo de prestigio internacional, trabajó durante décadas en África, Asia y América Latina evaluando modelos de desarrollo, políticas agrícolas y sus impactos sociales.
Dumont fue uno de los primeros en denunciar que tanto modelos capitalistas como socialistas estadocéntricos reproducían formas similares de explotación y destrucción ambiental. Su libro L’Utopie ou la Mort (1973) lo convirtió en una figura central del ecologismo político. En 1974 se convirtió en el primer candidato ecologista a la presidencia de Francia.
Aunque simpatizaba con ideales socialistas, Dumont criticó con fuerza cualquier modelo estatalista, burocrático o autoritario. Defendía que la transformación social en el campo debía comenzar con campesinos empoderados y con formas descentralizadas de desarrollo.
Viajó a Cuba en los años sesenta para evaluar los avances del proceso revolucionario. Su experiencia quedó recogida en su libro ¿Es Cuba socialista? (1970). Lo que encontró lo llevó a formular una crítica profunda, también desde la izquierda.
Entre sus argumentos centrales destacan:
1. Fracaso estructural de la agricultura
Dumont consideraba que la revolución desperdició su mejor oportunidad para transformar el campo cubano. Criticó la obsesión con el azúcar, que mantuvo al país dependiente y vulnerable. Señaló que la colectivización rígida, la burocracia y la falta de incentivos destruyeron la productividad.
2. Burocracia extrema
Describió un aparato estatal gigantesco, ineficiente y paternalista. Los trabajadores, en lugar de controlar los medios de producción, quedaron subordinados a una nueva élite administrativa.
3. Sustitución del capitalista por el Estado
Según Dumont, el Estado ocupó el lugar del empresario privado sin transformar la estructura de poder. Surgió una nueva casta dirigente con privilegios, jerarquías rígidas y control total sobre recursos y decisiones.
4. Ausencia de democracia socialista
Los sindicatos se convirtieron en extensiones del Estado. La crítica interna se castigaba. La prensa no podía fiscalizar al poder. Para Dumont, sin debate libre no puede existir socialismo real.
5. Dependencia exterior
La relación con la URSS creó una dependencia tecnológica y económica que, en su opinión, contradecía los principios de autonomía socialista.
6. Economía errática y voluntarista
Planes improvisados, metas irreales y campañas movilizadoras desviaron recursos sin bases técnicas sólidas. La falta de datos fiables y estadísticas reales dificultó aún más la evaluación del desempeño.
7. Avances con costos políticos elevados
Reconoció avances en educación y salud, pero señaló el fuerte componente de adoctrinamiento. Persistieron carencias materiales, racionamiento y baja productividad.
En síntesis, Dumont concluyó que Cuba no era socialista. Era un Estado burocrático y centralizado que había anulado la participación ciudadana y la autonomía de trabajadores y campesinos. Para construir un socialismo auténtico, decía, sería necesario descentralizar, democratizar y permitir la crítica abierta.
Conclusión
Como puede verse, la revolución cubana tomó un rumbo espurio desde muy temprano según sólidas posiciones de izquierda. Las críticas realizadas desde la década de 1970 conservan, en su esencia, una vigencia asombrosa.
La garra del autoritarismo logró mantener un férreo control durante un tiempo debido a factores como el apoyo decisivo de la URSS, el relativo aislamiento del país y la influencia carismática de Fidel Castro.
Pero la esencia torcida del sistema comenzó a aflorar con fuerza tras el derrumbe de la URSS. Reformas y nuevas alianzas maquillaron luego el fracaso estructural. La culpabilización populista, recurrente y casi absoluta de factores externos —que no significa que no existan tales factores— desvía la atención de la columna vertebral del problema.
El sistema se vio obligado a liberar presión migratoria en la segunda década del siglo en curso y el aislamiento comenzó a disminuir considerablemente. A finales de 2018 también tuvieron que masificar el acceso a Internet o el atraso tecnológico sería insostenible.
Los cubanos, física o digitalmente, empezamos a viajar y conocer el resto del mundo desde perspectivas más allá del pensamiento único impuesto en la isla. El monopolio ideológico empezó a quebrarse.
Sobrevino el endurecimiento de la política estadounidense y la pandemia de COVID-19. El 11 de julio de 2021 el pueblo se lanzó a las calles. La represión fue brutal y lo ha seguido siendo desde entonces. La hegemonía sufre grietas profundas. Se produce una crisis multidimensional y sistémica como nunca.
Tratan una vez más de reformar el sistema, pero la credibilidad es débil. Las medidas son más de lo mismo que no ha funcionado. En esencia, se observa que el sistema persiste en los mismos rasgos fundacionales que tanto Dolgoff como Dumont criticaron en época tan temprana como la década de 1970:
- Autoritarismo.
- Estadocentrismo.
- Represión de toda disidencia.
- Secuestro del Estado por parte de la casta burocrática y militar-partidista creada por Fidel Castro.
- Subordinación de los trabajadores y de la sociedad en general al Estado; no existe una verdadera democracia popular.
- Caudillismo. Aun fallecido Fidel Castro, el culto a la personalidad se mantiene y los principales cargos quedan en manos leales a la casta, incluso familiares.
- Violación de derechos individuales y políticos, como la libertad académica, de expresión y de prensa.
- Búsqueda constante de apoyos externos, como hacía la URSS y el CAME, aunque hoy esos respaldos parecen cada vez más improbables.
En fin, se cumple un refrán muy conocido: árbol que nace torcido jamás su tronco endereza. El proceso iniciado en 1959 torció su camino en época muy temprana. Traicionó así no solo a la nación cubana y sus aspiraciones democráticas y republicanas, sino que también traicionó los más genuinos ideales de izquierda.