La omnipresencia del gran escritor
Ernest Hemingway (1899-1961) es memoria viva en la isla caribeña. Una marina lleva su nombre. Su estatua de tamaño natural aún parece saborear daiquirís en El Floridita. “Mi mojito en la Bodeguita”, se le escucha decir en la distancia del tiempo. Bustos y fotos aquí y allá, historias, leyenda.
Si caminas por Obispo, te lo encuentras en su habitación del Ambos Mundos. Si recorres el malecón de Cojímar, te saluda en la plazoleta, a un costado del torreón. Si vas a San Francisco de Paula, su casa parece estarlo esperando. Solo anda de pesquería en su yate Pilar.
Las aguas del litoral norte lo conocen muy bien. Torneo de pesca de la aguja, coloquios, concursos, turistas que siguen sus pasos…
Cuba fue sin dudas su segunda patria
Nacido en Illinois, pisó tierra cubana por primera vez en 1928, en tránsito hacia Cayo Hueso, con su segunda esposa, Pauline Pfeiffer. En el Cayo terminaría de escribir su novela sobre la Primera Guerra Mundial Adiós a las armas. En aquella conflagración había participado como chofer de ambulancias, fue herido y recibió honores.
En 1932 ya estaría de vuelta en Cuba para pescar agujas en las aguas de la isla antillana. Regresaría repetidamente a lo largo de esa década. Lo haría en los meses de mayo, junio y julio coincidentes con la corrida de la aguja.

Se hospedaría en el hotel Ambos Mundos, en Obispo y Mercaderes, en la Habana Vieja. Después de horas de pesquería, se instalaba en su habitación esquinada del quinto piso para escribir.
Desde allí disfrutaba de una hermosa vista panorámica sobre el Morro, la entrada del puerto, Casablanca del otro lado de la bahía, así como, más cerca, la Catedral y parte de la arquitectura colonial del entorno.

Una parte considerable de su obra la escribiría en Cuba. También una parte significativa tendría a la isla caribeña como tema en mayor o menor medida.
Su joya principal sobre Cuba sería El viejo y el mar (1952). Parte de la trama de Islas en el golfo (1970) también tiene lugar en escenarios del Verde Caimán. Igualmente ocurre con Tener y no tener (1937).
Asimismo, mencionaría a la isla en numerosos artículos periodísticos. Su crónica “La pesca de la aguja a la altura del Morro” contiene semblanzas del bregar hemingwayano por La Habana de los años 30.
La casa-museo de Hemingway en La Habana
Es muy relajante montarse en un carro americano de los años 50 y salir, desde La Habana Vieja, rumbo sureste, hacia San Francisco de Paula, en el municipio de San Miguel del Padrón.

Fue Martha Gelhorn, su tercera esposa, quien encontró Finca Vigía, cansada quizá del ajetreo en la pequeña habitación del Ambos Mundos. Al principio a Hemingway no le gustó, tan lejos del centro y del Floridita. Pero Vigía se convertiría en su residencia estable durante más de dos décadas.
En menos de media hora llegas al portón de la casa-museo, donde luego te reciben majestuosos árboles de mango. Dieciocho variedades del jugoso manjar se cosechaban en época de Hemingway. Otras interesantes especies de plantas también adornan el bucólico paraje.
Su casona se conserva como si aún el escritor viviera allí. Se destaca su estantería con miles de libros en distintos lugares de la casa, incluido el baño. Puede verse su máquina de escribir, que usaba parado sobre un trozo de piel de kudú. Puede verse su tocadiscos, que aún funcionaba la última vez que anduve por el museo, junto a cientos de discos de vinilo.
Trofeos de caza cuelgan en las paredes; cráneos de leones se ven en uno de los estantes. La tauromaquia, que le fascinaba y sobre la que escribió, está presente en la decoración de la casa, incluido un medallón original de Picasso con la cabeza de un toro.
A la vista del visitante también están uniformes que empleó como corresponsal en la Guerra Civil Española. Sobre esta conflagración escribió Por quién doblan las campanas, libro que terminó, precisamente, en Finca Vigía.
Su última esposa, Mary Welsh, dispuso la construcción de una torre de tres pisos para que Hemingway escribiera con tranquilidad. Cuentan que el novelista subió un día, permaneció allí un cuarto de hora y decidió que entre tanta soledad le era imposible escribir. Nunca más la usó para esos fines. La vista del centro de la ciudad es espectacular desde la torre.

El legado de Hemingway en Cuba
Hemingway nos dejó su generosidad. Adoraba sus plantas y no soportaba que las maltrataran. A los niños del entorno de Finca Vigía les decía que podían coger todos los mangos que quisieran, pero que no les lanzaran piedras a los árboles. Sin embargo, a los traviesos chamacos de la isla les encanta tumbar mangos a pedradas.
Una vez alguien le dijo al escritor que los muchachos practicaban béisbol mientras apedreaban los árboles de mango. Hemingway decidió que los niños de su barrio jugarían beisbol de verdad y se encargó de formar, con todo su equipamiento, dos teams de pelota, como también se le llama en Cuba a ese deporte.
Tras recibir el Premio Nobel, en 1954, Hemingway se lo dedicó a la isla caribeña. Declaró que el premio le pertenecía a Cuba. Su obra había sido concebida y creada en Cuba, con su gente de Cojímar, de donde se consideraba un ciudadano.
En Cojímar, pequeño asentamiento al noreste de La Habana, se vive siempre la presencia del escritor. Allí atracaba su yate Pilar. Allí estaban sus amigos pescadores. Muchos años después, ya centenario, Gregorio Fuentes, el capitán del Pilar, aún contaba, en su casa de aquel pueblito costero, historias de su amigo Hemingway.
Durante la Segunda Guerra Mundial Hemingway tuvo la osadía de armar su yate de madera con bazucas y bombas de profundidad para perseguir submarinos nazis. Los infames U-boats merodeaban las aguas cubanas y hundieron unas cuantas embarcaciones comerciales.
Una vida audaz, aventurera y controversial
Ernest Hemingway estuvo presente en tres guerras. También en expediciones africanas. En una de ellas, a mediados de los años 50, fue víctima de dos accidentes de aviación. Su cuerpo fue muy lastimado.

Le gustaba la lidia de gallos. En Finca Vigía tenía su propia cría de estas aves de pelea. Practicaba boxeo. Pescaba. Cazaba. Empinaba el codo como el que más.

Tuvo amantes y la relación con sus esposas fue a veces difícil. Su hijo Gregory, devenido Gloria, lo llegó a culpar de la muerte de Pauline Pfeiffer, madre de Gloria y segunda esposa del novelista.
Tras el triunfo de la revolución cubana, le estrechó la mano a Fidel Castro y le entregó trofeos por participar en el torneo de la pesca de la aguja. El FBI le mantuvo abierto un minucioso expediente hasta muchos años después de su muerte.

Los documentos incluidos en el dosier se relacionaban con pasajes diversos de la vida del novelista. Algunos de estos episodios fueron su participación en la Guerra Civil Española, la persecución con su yate de los U-boats nazis y las escasas pero muy visibilizadas interacciones de él y su esposa con Fidel Castro y su gobierno.
Su muerte ha sido quizá lo más polémico. Un hombre curtido por la vida como él decidió suicidarse. Cuentan que años antes anticipaba ante amigos reunidos en Finca Vigía cómo lo haría. Le llamó sonriente la técnica del harakiri con fusil.
Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado
Esta es quizá la enseñanza más poderosa que nos dejó el autor de El Viejo y el Mar. El hombre no está hecho para la derrota, decía, mientras narraba la historia del pescador que, en su pequeña embarcación, tuvo que enfrentar a la mar, al gran pez aguja y a los tiburones.
La biografía del gran escritor nos invita a vivir intensamente cada minuto. Nos invita a ser audaces y corajudos.

Su estilo narrativo sentó cátedra: el Iceberg, le llaman. Sé conciso y deja espacio para la imaginación que flota debajo de lo contado.
Hemingway es ejemplo vivo de lo absurdo de que Cuba y Estados Unidos protagonicen una confrontación desgarradora que dura ya casi siete décadas. Cubanos y estadounidenses compartimos importantes rasgos culturales. Tenemos una rica historia común.
Solo los malsanos y oportunistas se han regodeado en resaltar, en vez de sanar, los puntos de conflicto. Queda pendiente resarcir tanto daño antropológico.
Sueño con que un día cubanos y estadounidenses podamos hacer juntos un recorrido que enlace Finca Vigía, en La Habana, con la Casa de Hemingway en Cayo Hueso, Florida, apenas separadas por escasas millas de aguas turbulentas.


