Mientras el gobierno recomienda «quemar cáscaras de cítricos», emprendedores convierten la crisis sanitaria en oro
En medio de un brote simultáneo de dengue, chikungunya y el virus Oropouche que ha sumido a Cuba en lo que las autoridades sanitarias describen como una crisis de «arbovirosis combinadas», un negocio inesperado florece en la isla: la venta de mosquiteros a precios que rivalizan con artículos de lujo.
Lo que cuesta entre 2 y 5 dólares en el mercado mayorista internacional se vende en Cuba por el equivalente a 9 a 13 dólares, representando hasta el 77% del salario mensual promedio de un trabajador cubano. Bienvenidos al capitalismo de supervivencia caribeño, donde la desesperación sanitaria se encuentra con la oportunidad comercial.
Una crisis que llegó para quedarse
La Organización Panamericana de la Salud reportó hasta el 30 de enero de 2025 un total de 23,639 casos sospechosos del virus Oropouche y 626 confirmados en Cuba. Pero es el dengue, con múltiples cepas circulando simultáneamente, lo que mantiene a la población en vilo. El chikungunya, por su parte, ya se ha expandido a cinco provincias: Matanzas, Guantánamo, Santiago de Cuba, Pinar del Río y La Habana.
Lo que comenzó como brotes focalizados en provincias occidentales se ha convertido en un caos epidemiológico nacional. La viceministra de Salud Pública, Carilda Peña, apareció en televisión nacional con una recomendación que osciló entre lo pragmático y lo absurdo: usar mosquiteros, mangas largas y, en ausencia de fumigación efectiva, quemar cáscaras de cítricos para generar humo.
Sí, leyó bien: cáscaras de cítricos. En pleno siglo XXI.
La funcionaria no tuvo más remedio que admitir lo que todos ya sabían: Cuba no dispone del combustible necesario para realizar fumigaciones masivas. El país que una vez se jactó de haber erradicado enfermedades tropicales ahora recomienda remedios que habrían sido familiares para colonos del siglo XIX.
La matemática cruel del mercado
Un mosquitero individual básico en plataformas mayoristas como Alibaba cuesta entre 1.50 y 3.50 dólares. Un modelo matrimonial oscila entre 2.50 y 5 dólares. En pedidos de 100 a 500 unidades, estos precios pueden reducirse aún más.
En Revolico, el mercado de segunda mano en línea más popular de Cuba, los mismos mosquiteros se venden entre 3,500 y 5,000 pesos cubanos. Al tipo de cambio del mercado informal —donde el dólar se cotiza alrededor de 380 pesos— esto equivale a entre 9.20 y 13.15 dólares por unidad.
Hagamos las cuentas: un emprendedor que compra mosquiteros a 3 dólares en China y los vende a 5,000 pesos (13.15 dólares) en Cuba obtiene un margen de ganancia del 338%. Incluso descontando costos de envío, logística e impuestos informales, el negocio rinde entre 200% y 300% de beneficio.
No es un mal negocio. De hecho, es el negocio del siglo.
El costo de sobrevivir
Según datos oficiales del gobierno cubano, el salario medio mensual en abril de 2025 era de 6,506.5 pesos cubanos, equivalente a aproximadamente 17 dólares al tipo de cambio informal. Un mosquitero a 3,500 pesos representa el 54% de ese salario. A 5,000 pesos, alcanza el 77%.
Para poner esto en perspectiva: un trabajador cubano promedio necesitaría dedicar entre dos y tres semanas de su salario completo para comprar un solo mosquitero. Y esto sin gastar un centavo en comida, transporte o cualquier otra necesidad básica.
El economista cubano Omar Everleny calculó que dos personas necesitarían 24,351 pesos mensuales para una canasta básica de solo 17 productos alimenticios. Eso equivale a casi cuatro salarios medios. En este contexto, elegir entre comer y protegerse del dengue no es una metáfora: es una decisión diaria.
En Ciego de Ávila, residentes reportan estar «durmiendo bajo mosquiteros rotos, sin luz», ante la ausencia de fumigación estatal. Algunos cubanos han optado por dormir al aire libre bajo mosquiteros como única manera de sobrellevar el calor durante los apagones masivos que azotan el país, mientras simultáneamente intentan protegerse de las picaduras.
El mercado no juzga, solo responde
Es fácil señalar con el dedo a quienes lucran con la crisis. Pero en una economía donde el Estado ha sido incapaz de garantizar protección básica contra enfermedades prevenibles, donde las fumigaciones se suspenden por falta de combustible y donde se recomienda quemar cáscaras de frutas como medida sanitaria, ¿qué se supone que haga la gente?
El mercado, con toda su indiferencia moral, simplemente responde a lo que el Estado ha fallado en proveer. Hay una necesidad desesperada. Alguien tiene que satisfacerla. Si el gobierno no puede —o no quiere— hacerlo, otros lo harán. Y cobrarán por ello.
El humorista cubano Limay Blanco lanzó recientemente un llamado en redes sociales pidiendo ayuda para comprar mosquiteros, medicamentos y termómetros para madres y niños. «Yo me imagino una mamá con un niño chiquito, sin luz, sin termómetro, sin nada», escribió. Su campaña solidaria capturó la esencia de la tragedia: en Cuba, incluso las herramientas más básicas de supervivencia sanitaria dependen ahora de la caridad o del mercado informal.
La epidemia que el gobierno no puede detener
El problema fundamental no son los revendedores de mosquiteros. Son los mosquitos. Y Cuba ha perdido la batalla contra el Aedes aegypti.
Sin combustible para fumigaciones masivas, sin repelentes disponibles en las tiendas estatales, sin un sistema de salud que pueda manejar el volumen de casos, el país enfrenta no solo una crisis epidemiológica sino una crisis de gobernanza sanitaria. El dengue es particularmente peligroso porque múltiples cepas circulan simultáneamente, aumentando el riesgo de formas graves en personas previamente infectadas. Las reinfecciones son ahora cotidianas.
La Organización Panamericana de la Salud ha proporcionado suministros médicos y capacitación, pero esto es apenas un parche sobre una herida que no deja de sangrar. En octubre, el gobierno se vio obligado a suspender el Festival Nacional de Artistas Aficionados, reconociendo implícitamente lo que ya era evidente: la situación está fuera de control.
El futuro es incierto, el presente es insoportable
Mientras el gobierno cubano sigue recomendando soluciones del siglo XIX para problemas del siglo XXI, los emprendedores —llamémoslos por su nombre— continúan importando mosquiteros a 3 dólares y vendiéndolos a 13. No es bonito. No es justo. Pero es lo que hay.
En una economía donde el salario promedio equivale a poco más que el costo de un almuerzo modesto en Manhattan, donde una canasta básica de alimentos cuesta cuatro salarios mensuales y donde enfermedades prevenibles se propagan sin control, los mosquiteros se han convertido en el commodity más codiciado de la isla.
Esto no es capitalismo salvaje. Es capitalismo de supervivencia. Y mientras el Estado cubano siga siendo incapaz de proteger a su población de amenazas tan básicas como las picaduras de mosquitos, este mercado seguirá prosperando.
Los mosquiteros, al final, son solo el síntoma. La enfermedad es mucho más profunda.